Un cuento para cada día Alhaurín de la Torre, 7 de enero de 2003
EL PEOR PECADO
Germán Vieco. Barcelona. España. hpl@arrakis.es
El Maestro Harún ben Yamal se hallaba sentado en el jardín, rodeado de sus mejores discípulos, y uno de ellos levantó el brazo y preguntó:
- Maestro, ¿cuál es el peor pecado?
Murphy le miró, y se rascó la cabeza durante unos instantes. Luego, habló de la siguiente manera:
- Hace muchos, muchos años, vivía en la ciudad un hombre que dirigía un modesto taller. Este hombre era sencillo y honesto, y dedicaba la vida a su trabajo, para que nada le faltara a su mujer, que era, con diferencia la más bella de los alrededores. Imaginadla bien: Se llamaba Scherezade, como la narradora de cuentos. Su pelo era negro, y su piel morena tenía el olor de la fruta madura. Al andar, sus pechos se bamboleaban como...
- Maestro, por favor...
- Lo siento, hijo mío. Pues bien, este hombre era feliz, y lo fue toda su vida, porque nunca supo que cuando se iba a trabajar, uno o varios hombres entraban todos los días por la ventana, y le daban a la indómita Scherezade el placer que él le descuidaba por las noches, sumido como estaba en sus negocios y preocupaciones.
El Maestro calló un momento y escupió a un lado, dando a entender con ello que había terminado su parábola.
- Entonces, Maestro, es el adulterio el peor pecado?
Suspirando fuerte, Harún volvió a hablar:
- Te contaré otra historia. En la misma ciudad vivían dos amigos, que lo compartían todo y trabajaban juntos en una pequeña taberna. Ninguno de los dos hubiera hecho nada sin el otro, ni tenían secretos entre ellos, hasta que un día, dentro de una vieja barrica, encontraron una jarra llena de finas joyas. Diamantes, oro... allí había lo bastante como para comprar un reino. Como buenos hermanos, los dos taberneros fueron a celebrarlo, y se estuvieron emborrachando hasta el amanecer, hablando de las grandes cosas que harían juntos. Pero al disiparse los vapores del vino, uno de ellos había desaparecido llevándose todo el tesoro. Y el otro, sintiéndose traicionado, juró que nunca más confiaría en nadie.
Y dicho esto, volvió a escupir.
- Entonces, ¿el peor pecado es la traición?
- No, hijo, no has entendido nada.
-¿Lo es entonces la codicia?
- Desde luego que no.
- Maestro, por favor, ilumíname y dime cuál es el peor pecado, por que no entiendo nada.
Y entonces el Maestro se resignó y le contestó a su discípulo:
- Tal como el mundo es, y tal como Dios ha hecho a los hombres, el peor pecado que se puede encontrar es el de ser imbécil, hijo. Confiado e imbécil.
Todos callaron. La noche caía, en chorros finos y suaves, sobre el jardín.
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