Un cuento para cada día Alhaurín de la Torre, 9 de enero de 2003
El beso de gas
Rocco Flores Oneto.
Lima. Peru. rocco@blockbuster.com.pe.|
En un fastuoso salón mitológico los dioses miran el cielo por encima y por debajo sus
cabezas. Una voz rompe el encanto.
Como bien sabemos todos, hay momentos en la vida de los hombres en los que la barrera que separa la realidad de los sueños, lo normal de lo mágico, y por así decirlo, lo propio de lo ajeno, se desmorona en una sinfonía de sensaciones que con el tiempo terminan plasmándose en sus recuerdos como el color rojo sobre los cuadros que Él pintaba. Surgen preguntas en nuestras mentes y mientras pensamos despiertos, con un lápiz entre los labios, las respuestas se escapan siempre, dejándonos sólo la amarga impresión de haber intuido muchas soluciones. Uds. Sabrán también que hay momentos muy especiales en los que el alma humana desea escapársele a la vida y quisiera correr con el instinto de un animalito tras la esfera incandescente que se oculta tras el horizonte; y que hay noches en las que la visión de un rayo de luna a través de una ventana abierta podría congelar nuestras más queridas ambiciones. No hay mucha diferencia entre Él y nosotros, es más, creo que si canalizase su deseo se encontraría a gusto en nuestra compañía. Yo se lo dije una vez: "Sólo tienes que desear sintonizarte en la frecuencia correcta. Me escucharás, nos escucharás a todos nosotros. Serás de los nuestros y te sentirás mejor". Pero ven, hay veces en las que el ser humano prefiere hacer andar ciegamente sus propios instrumentos de tortura: se enclaustra, se vuelve prisionero de sí mismo, y el rayito de luz de medio día que filtra por la fisura de la vieja puerta no representa más que una vaga esperanza, o sea, una insoportable y dolorosa tentación de vida. Vaya si el tiempo pasa, ¿cuántos veremos pasar?, ¿Cuántos más tendremos que recordar?. Ya los veo a todos en la orilla de algún mar lejano mirando con ojos tristes las olas reventar, ya los veo convertidos en vapores dulcemente venenosos arder bajo el sol que ya no podrán soportar. Ahí está Él, lo puedo ver transformándose ya en un gas (ésa es una de las leyes de este mundo: un gas mata a un hombre, el hombre se vuelve gas, y así sucesivamente). Es una suerte que seamos algo parecido a una secta refractaria, que seamos inmunes a los estragos producidos por ese poderoso y mortal veneno cíclico. Nosotros nos tiraríamos en las fosas con los leones y hablaríamos con ellos, nosotros cruzaríamos umbrales de fuego y aprenderíamos, nosotros, nosotros... Pero ¡ay!, existe algo bello en el error, algo que nosotros hemos aprendido a ignorar. Hay una fuerza en el cuchillo implorando amor que nos costaría siglos explicar, hay una luz tan rara iluminando la soga que cuelga del roble, un misterio tan precioso en la sublimación de esas almas que a veces es mejor olvidar. Hay sólo una cosa que hasta ahora no entiendo, sí, ya sé que eso es lo que normalmente definimos estado de locura"; pero créanme cada vez que un ser humano llega sin querer hasta ese punto, siento que es una crueldad no aplicar en él la ley cíclica. La ciudad se parece a Florencia, sólo que un poco más árida, un poco más solitaria y distante. El verano de aquel año envolvía la ciudad en una casi apocalíptica lluvia de fuego. "Che caldo!", se quejaba la gente mirando las suelas de sus zapatos derretirse sobre el asfalto. Los campanarios de las viejas iglesias emitían silencio a toda hora, el agua de las piletas casi hervía y el polvo de los campos, seco y cortante, rodaba por las calles sin saber a donde ir. Todos rogaban que aquel suplicio cesara, y por seguridad compraban los diarios amarillentos y gastados para comprobar que el Juicio Final no estuviese quemando ya otras partes del mundo. Fueron días inolvidables, días que no se borrarán fácilmente de la memoria. El día 13 de Agosto se vislumbraron en el horizonte nubarrones ocres que indicaban sin lugar a duda la llegada de una tormenta. El aire muerto de asfixia entre los muros calcinados de la ciudad pareció entonces revivir. La población entera, sumida en la inanición, levantó los brazos al cielo y dio gracias a Dios por la bendición que estaba por serles concedida. Sin embargo, la alegría inicial fue seguida por momentos de grande terror. (Miles de vidrios estallan casi al unísono, llenando de notas cortantes y aleatorias el teatro entero). Una corriente de aire helado hizo pedazos los vidrios de las viviendas, los muros se agrietaron como por el impacto de una onda sísmica, miles de aves cubrieron la tierra al ser fulminadas por una fuerza desconocida. La gente temblaba aterrada y paralizada por el hielo que comenzaba a recubrir sus cuerpos. Debía ser sin lugar a dudas es fin del mundo. Todos podían ser aniquilados de un momento a otro, las personas se miraban entre sí con una cierta resignación y mutuo cariño ante un destino que parecía ser uno solo, rápido y eficaz: La Muerte. |
(Una tenue luz celeste da nueva vida a la escena, las aves muertas vuelven a la vida y
su canto llena toda la ciudad).
Sin embargo, cuando ya todo parecía perdido, cuando hasta el hombre había perdido el miedo, se desprendió del cielo una lluvia tibia y suave, un olor celeste y dulce despertó la vida, y la esperanza brotó de los corazones más fuerte y ciega que nunca. Cuando la lluvia cesó todo volvió a la normalidad; la gente se preguntaba si todo lo sucedido no hubiese sido más que un sueño: un instante mágico ajeno a la realidad. Era la noche del 14 de Agosto. Ella caminaba por una de esas estrechas calles que suben
las colinas que se levantan alrededor de la ciudad. Era tarde. Era una hermosa noche de
luna llena. El haz de luz que se desprendía de los faroles que alumbraban el camino era
constantemente atravesado por columnas de hambrientos zancudos en busca de alimento; allá
abajo otras luces, prisioneras bajo sus techos de tejas, miraban tristemente las avenidas
a través de los vidrios gastados.
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