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"La madre soy yo."
Carlos Resto Solo
A Polanski
Cansado de soñar lo mismo, aburrido de las mismas imágenes (cuántas veces se lo
había contado al psiquiatra) se precipitó contra las sábanas con la misma
sensación amarga del que cae sintiendo el mismo golpe agrio en la garganta.
Sin haberse dormido todavía el olor del sueño lo alcanzó.
---"Huele a sueño"--dijo volviéndose hacia el espejo.
La máscara del vidrio multiplicándose le sonrió. Abrió los ojos para recordar
la habitación y comprendió que ésta era posible. La luz inédita de las cosas lo
sedujo. Contempló la carta que había escrito la noche anterior y se tranquilizó.
El que siguiera allí, abandonada a su suerte, daba testimonio del orden secreto
de la realidad. A ella se sumaba la cama de caoba, los pilares con aquellas
argollas donde noche tras noche amarrara el mosquitero. Las mesitas de noche
portando aquellas lámparas de loza negra atravesadas de luz e inconfundible,
como un milagro de la realidad consigo misma y la voz de madre al fondo de la
casa. No se podía quejar, porque verdaderamente era un hombre feliz. Se acostó
bocabajo sacando la cabeza del colchón y presintió las formas de la casa como si
fueran inéditas; presenció el miedo como si acabara de acontecer en el mundo.
Sabía que la puerta se abriría como se había abierto todas las noches y aguardó.
Comprendió que las noches poseen esas zonas que se parecen a la fiebre. Se tocó
la frente, pero no era posible. Su felicidad no podía alcanzar la dicha de la
fiebre. Sabía, estaba convencido, que no había nada como la poesía de la fiebre.
Entonces oyó los ruidos, vio los ruidos. En la penumbra, sin haberse dormido
todavía, la figura de la madre se dibujaba contra el gesto de la mujer que
lavaba los manteles de hilo. El deseo de ver otra vez lo mismo, de asomarse a lo
inagotable, lo sobrecogió. Sintió deseos de gritar, pero se contuvo. Sería
tonto, infantil gritar de aquella forma en que había gritado. Ahora tuvo miedo
de despertar a la madre de sus quehaceres ambiguos. Reclinó otra vez la cabeza
sobre la almohada como si estuviera reclinando la cabeza sobre la arena en esa
playa remota donde la luz de los veranos es metálica. Oyó nuevamente aquella voz
del quincallero que precursaba las visiones:
---¡Ataúúúdes! ¡Deshollinadooores! ¡Rooosas!
Se incorporó en la cama cuando comprendió que aquella voz venía de la infancia.
No podía ser que se hubiera quedado dormido con todos los objetos despiertos. La
vigilia seguía serena. Se volvió sobre la carta y estaba ahí.
Además, no era posible que su madre se arrastrara por el sueño con la misma
violencia dulce con que se arrastra por los insomnios. ¿Qué estaba aconteciendo
entonces? ¿Estaban llegando las voces de los sueños discretamente, o por el
contrario era él el que estaba llegando a los sueños?
Se confundió. El sueño pesaba en su cabeza como si estuviera borracho. Optó por
la segunda posibilidad, no sólo porque fuera la más lógica, sino por ser la más
serena. Entonces inhaló. El que el olor de Dios estuviera allí confirmaba que su
elección había sido correcta. Se despertó y sudaba. Buscó las chancletas debajo
de la cama y calzándose decidió caminar hacia la ventana. Desde ella contempló
la fiebre de la luna. Se volvió hacia la mesita de noche y tomó la carta:
"Estimado señor mío:
"Usted sabía de la urgencia y de la necesidad de que este libro, Los otoños
amarillos, saliera impecablemente debido al gran número de enemigos políticos y
literarios que poseo. Usted no sabe lo que es la envidia. Usted no sabe lo que
es padecer esa persecución secreta a la cual, una vez más, usted sin
proponérselo me expone. Usted tiene que entender que debido a su dejadez ha
atentado furiosamente contra mi salud mental. Esta depresión, esta felonía, no
debe ser padecida por ningún hombre. Lamento de todo corazón su incapacidad y su
insensibilidad. Sospecho que no es culpa suya. Cada cual posee su destino..."
Arrojó la carta y caminó hacia la ventana. Contempló el temblor de la luna. La
humedad de un otoño caluroso le hizo abrir la puerta que daba hacia el jardín.
Caminó lentamente hacia la escalera y fue pisando uno a uno los peldaños como si
estuviera desnudo. La escalera chirrió y se detuvo a mitad de ella para
contemplar al hombre que lo miraba. Era él. Su belleza le dio asco.
Allí delante de él (cada cual delante de cada quien), sabía perfectamente lo que
iba a suceder. Su memoria funcionaba matemáticamene. Conocía la cita de memoria
y no se había equivocado. El tiempo había acontecido correctamente.
---¡Andrés!--llamó la madre.
Se sintió tentado a regresar, a ser inoportuno, pero su fidelidad a lo inasido
lo atraía casi eróticamente. La voz de la madre se disipó en los ladridos de los
perros. La noche volvía a estar en paz consigo misma. Y el hombre, más hermoso
que la luz, colocaba las piezas de ajedrez y llenaba complacido, con aquel
sonido oscuro, las copas que exhibían su esplendor. El vino tinto lo sedujo.
Entonces contempló al hombre y volvió a sentir la misma náusea, el mismo vómito
de siempre, contenido ahora, inarrojado, furioso. La belleza del hombre
sencillamente era repugnante. Su pelo negro fuertemente peinado, su sonrisa
perfecta, su corbata impecable, el bastón con el mango de nácar y aquellas
figuritas de mármol chino que no terminaba de colocar sobre el tablero. El
simbolismo ideal de la corte de piedra le recordaba la belleza de aquella Edad
Media que sólo se le hacía accesible por medio de los sueños.
Aquel orden, tan diferente al suyo, lo sintió desde lo más profundo de su ser.
Era el orden del mal. El olor a Dios lo identificaba, lo precisaba, con una
claridad tal que se le hacía imposible dudar. Dispuesto a marcharse como todas
las noches se revolcó en la cama y sintió, una vez más, aquel olor a mujer,
aquel olor a sangre coagulada, que lo importunaba. No pudo sostener su decisión
y decidió quedarse. Contempló el vino burbujeante de la copa cristal de roca y
bebió. Retiró la silla delicadamente y se sentó. Las estatuillas de ajedrez
relucían. Miró la inútilidad y la belleza del mundo y sonrió una vez más. Estaba
complacido. De nuevo la belleza del mundo le resultaba repulsiva.
Prefería la chatez de las cosas a aquel resplandor incierto y desordenado.
¿Cuántas veces se había sentado en aquella silla de oro? ¿Quince, cuarenta,
cien? Entendió que la numerología del mundo, su repetición, su cábala, era parte
del mito de la realidad. La numerología, el álgebra, era un mito que los hombres
le habían impuesto a la realidad. Inhaló para impregnarse de aquel olor a sueño,
pero lo que se precipitó contra él fue el olor de aquella realidad arbitraria.
El hombre irónico, como si lo oyera, se arregló las yuntas.
---Conde...
---¡Llámame Nosferatu, por favor!
---No deseo estar aquí.
El viento golpeando las ventanas te despertó. Contempló sus manos y sintió aquel
olor a vino de sacristía quemándole los labios. El rumor de las nubes contra el
viento le produjo dentera. "Mamá"--aulló. La madre a su lado lo contempló
frenética de ansiedad. Lo besó mientras colocaba sobre sus labios aquel crayon
cremoso y amargo de color rosa. Aun así sus labios se cuarteaban.
Abrió los ojos y su confusión se hizo más obvia. No podía comprender las manos
ágiles de la madre peinando la peluca malsana que había extraído del armario.
Las manos de la madre solas, desprendidas, preparando el café, preparando las
sopas (mondando los plátanos, las papas, las cebollas) y aquel olor
impregnándolo todo. Los espejos que rodeaban la habitación produciéndole vértigo
se habían llenado de lluvia.
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---¿Mamá?--dijo.
---¿Qué, hijo mío?
---¡No soporto el olor de Dios!
---...
La madre lo tomó del cuello y lo levantó de la almohada. Lo aupó un
poco para liberarlo de aquella molestia del sueño. Los sueños se le
habían tornado agrios. Sin refugio, sin lugar donde rehacer el origen,
el hombre sufría el dolor oscuro que se le escapaba a la madre. Le
sostuvo el cuello fuertemente para que pudiera expresarse con
claridad. De momento la noche se desgarró. Arriba la lámpara, como
aplastada contra el plafont se movía lenta, respiraba.
Las manos borrosas de la madre lo sostuvieron como un hombre. Lo
atrajo contra sí y le colocó vigorosamente aquella peluca de mujer que
olía a tamo. El hombre inquieto, asustado, se arrebató la peluca y
contempló anónimamente al hombre calvo que lo señalaba con su propia
mano. La madre trató de tranquilizarlo, pero él sonrió sabiendo que
era inútil. Sonrió sabiendo que la madre, así, adúltera, lejana,
doblegada, facsímil, suspendida en la eternidad de su bondad, era
falsa. Quiso levantarse, prender el radio, encender la grabadora,
abrir el periódico de la mañana, buscar la esquela y leer el obituario
así en letras grandes: "¡Pedro Albizu Campos ha fallecido!" Trató de
incorporarse, pero la rodilla de la madre se increspó en su pecho y le
impidió moverse.
Gritó. El amanecer de su sueño era tibio. Volteó lentamente su cabeza
y contempló el pan repleto de moscas; contempló la taza de café con
aquella tela de araña de leche cortada. Se tocó la fiebre y comprendió
que ni él ni la realidad habían mejorado. Su grito había sido falso.
Lo que quería decir que aquellas moscas, aquella madre impenetrable,
aquella nata de Dios, aquella cama, aquella luz, todo, era
subrepticio. Sólo él era cierto; sólo él era sincero. Los ojos de la
madre lo despertaron. Sintió vértigo del olor a queso de aquella
mujer. Sus senos desmedidos por aquella belleza. Sus senos crueles
crecían y crecían hasta convertirse en globos que lo amenazaban con
axfisiarlo. La madre sonrió cabalamente mientras machacaba y molía
aquel maquillaje que olía a huevos. Trémulo, horrorizado, se dejó
empolvar. La sensación de estarse convirtiendo en una gheisha lo
mortificaba. El pezón de la madre se abrió y pudo contemplar su propio
ojo. El lápiz oscuro, violento, corrió sobre su párpado buscando
ocultar con su sombra la sombra de la fiebre.
No podía con la presencia de la madre. No podía con las aberturas de
la madre.
Sembrada de ojos, abierta de ojos, supuraba. No podía con aquel olor a
carrusel que llegaba de la calle en forma de música. Ni con los niños,
ni con la voz del quincallero que gritaba aquel silencio con que lo
contemplaba la madre. Comprendió, mientras se oscurecía, que la
belleza crecía al lado de lo morbo.
Las penumbras de la madre acontecieron.
---Madre...
---¿Qué?
---Dime si hay alguien en la era del jardín--la madre se acercó a la ventana y
contempló el cementerio.
---No, hijo, en el jardín no hay nadie.
---¿Nada?
---Es el otoño, amor.
Cerró los ojos para no mirarse una vez más en el sueño del espejo, cuando
olió la voz del hombre. El temor, el espanto de que la madre le hubiera mentido,
lo hizo incorporarse violentamente contra las almohadas. La mano de la madre
vigorosa se crespó sobre su hombro. Sus dedos de hombre se aferraron a su carne
y lo precipitaron contra el lecho. Sudaba. Había perdido el sentido del tiempo y
de las cosas. Sólo veía el sonido de las estatuillas de ajedrez arrastrarse
sobre la mesa de oro. Sólo veía el olor de Dios remoto, inconfundible, como el
olor de las niñas que abortaban en el parque. Tocó las náuseas. Delante de él
sólo quedaban los retazos de la luz. Entonces vio otra vez, inéditas, las manos
de la madre sin la peluca, sin el crayón, sin el colorete, sin la mota
indecorosa con que se alegraba el cuerpo. Eran manos de mujer a la deriva. Manos
finas, de lujo, perfectas que le esculpían la cara.
Eran las manos del amor, como sogas, tomándolo del cuello. Tomándolo de los
labios de la geisha. Cogiéndolo de los labios como el galán que los niños
adoraban. Súbitamente se acordó que se había olvidado del teatro. Había
abandonado las representaciones por la representación de las fiebres. Había
abandonado las funciones de las tardes otoñales y se había consagrado a estas
noches frías donde sólo la madre apaludía. Sus manos titiriteras que crecían
como un rumor de mar. Un rumor de erizos rojos, de estrellas afiladas, de
cangrejos lúcidos y amarillos que descendían como manos de mujer, como sueños de
mujer, sobre su pecho hundido. Aquel rumor para salvarlo de una fatiga que
avanzaba a pesar del benjuí, del alcanfor, de la madre. Aquella manos
insinuantes que lo cogían, o lo recogían inútilmente como la sonrisa de la
muchacha del espejo. Escupió contra la mano para que la Viuda Negra no se
metiera en la espesura. La mueca del antifaz de la muchcha lo sedujo. Comprendió
que cuando los hombres inventaron los espejos, siguiéndo la analogía del agua,
su creador había padecido la fiebre.
El diálogo se entrecortó:
---¿Qué buscas?
---El secreto del universo--dijo la muchacha, o la madre, o Nosferatu.
---El misterio soy yo--susurró.
Imposible de soportar el horror comenzó a sudar sangre. La madre lo ungió de
aceite, pero las jugadas ya estaban trazadas. Babeaba. Se incorporó dentro del
monólogo y las contempló: las palabras, como lapas, lubricaban sobre su propia
ano. Se miró impávido, mientras la madre lo limpiaba. Y molesto por el jaque del
hombre lo tomó por el cuello. Entonces lo oyó por los días grises del otoño; lo
vio a la orilla del mar bajo un cielo caído que opacaba la historia de aquella
vida remota, contemporánea. Y la luz amenazante, bloqueada por el paraguas
oscuro, por el sombrero negro, por las gafas ahumadas y por aquella llovizna
escuálida que lo protegía de morir arrasado por la luz.
---¡No existes!--gritó.
El gemido fue idóneo para que el mundo girara. El relincho de los caballos de
ajedrez fue suficiente. Horrorizado con su propia impotencia no resistió la
caricia de la madre. Y así despierto, lúcido, oía los pasos de la mano descender
por el pecho. Veía aquel olor a vino que lo rozaba y lo crispaba. Y la araña que
se movía circularmente sobre el abismo de su vientre hinchado. La mano que lo
erizaba de miedo, o la araña que le producía escalofrío, llamándolo, preocupado
por él, con aquella voz tierna del quincallero. La mano se precipitó sobre él y
lo agarró entre las piernas. Gritó. Estaba convencido que en esta ocasión su
grito era real. De momento titubeó: quizás lo que había gritado era el mundo. La
mano lo sacudió, lo apretó, sin que le doliera el cuerpo, sin que ardiera de
fiebre. Vomitó contra el olor de Dios.
---La belleza es abominable--dijo.
Cuando la contempló los ojos de Nosferatu lo miraron. Lo llamó sarcástico,
angelical, sublime y la voz de la madre cruel rodó como lata de cerveza que los
muchachos patean por los amaneceres. Ahora oía, sentía, carne de su carne, que
la reina escuálida cojeaba sobre el tablero de cemento. Abrió los ojos y
comprendió que estaba curado. Abrió los ojos obscenamente y observó la luz
desesperada del amanecer. Contempló el mismo pan y las mismas moscas. El fin del
mundo yacía delante de él. Se quitó la camisa de la payama y corrió como no
había corrido nunca contra el esplendor de la mañana. Estaba curado. Su cuerpo
caía procaz contra la belleza del tablero. Las copas se desplomaron ávidas. La
reina se balanceó esplendorosamente contra la lucidez de la mañana.
El sueño lo consumía.
La mujer de la peluca se asomó a la ventana.
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