Un cuento para cada día    Alhaurín de la Torre, 14 de enero de 2003


El monólogo de perversión

Iván González Vega. feyita@hotmail.com. México. www.angelfire.com/de/IvanGonzalezVega

Desperté de su letargo post-banquetil a las cucarachas del fregadero cuando me levanté de la cama para buscar algo que comer. En la casa siempre hay algo atractivo en el refrigerador; lo que detiene a quien la pasa en blanco es el provocar un espasmo de ronquidos en César, que despertará (eso cree) temprano; por eso, preparar, por ejemplo, una quesadilla es toda una odisea en que las únicas metas son no despertar al tan trabajador compañero de cuarto, matar toda cucaracha posible y evitar el sucumbir -como ahora me ha sucedido- a la desgraciada tentación de ponerse a escribir (después de todo, uno nunca sabe si la inspiración nos sorprenderá a las tres y media de la mañana... la muy perra traidora).

Seguramente Carlos o César estarán en unas horas proyectando el portento que será su chocomil mañanero del jueves. Entonces descubrirán los despojos de mi lucha de madrugada contra las oscuras y asquerosas cucarachas -cucarachitas y cucarachotas- que se pasean en el fregador: un cadáver aplastado sobre la palita de los frijoles, uno más partido a la mitad por el cuchillo que habría servido para rebanar el plátano del licuadito, otro más allá con un cerillo sobre el estómago... ¡los pobres!: el asco les va a obligar a irse a su trabajo en ayunas... la gastritis será la consecuencia natural de mi astucia cucarachicida.

Y es que soy tan escabroso como para disfrutar la masacre en la cocina: no me rebajaría nunca a pisar con mi dedo a uno de esos insectos, pero gozo cuando sus finas antenitas y patitas se achicharran en el fuego de un cerillo consumido a la mitad.

¡Qué pensarán mis pobres "concubinos"!: "Este carajo desvelado deja su puerquero en la cocina y, en lugar de limpiar, se pone a hacer más puerquero". ¡Seguro ni me imaginan persiguiendo con estratégica perversidad a mis veloces enemigas!: un cerillo es encendido a la velocidad del rayo, una cucaracha más cae muerta.

Yo, quizá, soy el único del mundo que sabe del placer de calcinar a medias a una cucaracha. Si así es, si mi gloria se reduce a un mohín de asco o a un "mejor no ensucies", pues qué gloria tan mísera. Yo -y de eso estoy seguro- las persigo con dulzura, las lleno de ilusiones cuando escapan y se ocultan y respiran aliviadas, y escucho sus rumores de tranquilidad, y luego las cocino a punto de carbón.

Adivino con la pura vista, iluminado apenas con la leve luz de la lámpara de tungsteno de la alacena, el lugar de donde saldrán corriendo. Las acecho, las persigo como un experto millonario organizador de safaris cargando una carabina. Siento en la nariz, primero, el aroma agridulce del fósforo quemado; luego, la nauseabunda peste de sus carnes en cenizas...

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perdón por mi pausa. he visto una

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Ya: fui a por ella y escapó, pero al momento salieron otras dos, menos panzonas. Jugué a los carritos chocones y luego, todas atontadas, fueron presa fácil de mis diminutas hogueras.

Así me la paso. Ellas me sonríen y se burlan de mi torpeza. Tal vez la atribuyen a mi descomunal tamaño. Lo cierto es que hay cucarachas por todas partes, y cuando oigo sus risas sobre mí, sobre César o sobre Carlos no puedo sino darles muerte. Yo soy uno solo contra todas ellas. Ellas, ateas las muy puercas, se multiplican en cinco días y, a la semana, dos degeneran en docenas.

Juzguen ustedes si no es justa mi causa: ellas ensucian todo en mi casa, desde el piso hasta las paredes, desde el baño -¡ay!- hasta la cocina. Yo vengo, cobro venganza.

La última cae dentro del vaso de la leche donde Carlos se sirvió hace un rato. Vacío el líquido -que no es agua y menos leche- junto con el sucio cadáver, que luego se escurre por la coladera. Otro recurso es juntar todos los muertos y arrastrarlos con un trapo hasta el basurero, un excelso cementerio que cada mañana renueva sus lápidas, su tierra y sus esqueletos.

A veces, en un bello arranque alegórico de pasión guerrera, escupo sobre ellas antes de pisarlas con mi zapatito. A veces las descubro apareándose y entonces las quemo juntas. Así sufren el ardor del fuego y el ardor de no consumar el palito maligno que se echaban.

Las más peligrosas son las recién nacidas: ésas te enseñan los dientes y luchan, pero sucumben al final; las gordas y grandes se resignan; los machos huyen mortificados; las hembras intentan seducirme. Todas, de todos modos, mueren.

Y luego, habiendo exterminado unas cuarenta cada noche, me voy a dormir, soñando dulces cosas. Ya saben lo que a la madrugada siguiente vendrá, y también pasado mañana, y la noche de luego, igual, sin descansar ni siquiera los domingos. Así, toda la vida: cada madrugada invento cucarachas que mueren un poco después. Las mutilo, las quemo, las castro, las estrangulo, las destripo, las torturo... o con el método tradicional del medio oriente: "Allí va una, pinche Iván... ¡písala!"

Así será siempre, hasta que muera yo y ellas puedan comerme a mí. Juzguen ustedes. Decidan si mi lucha no es heroica, épica y bendita.  


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