Un cuento para cada día
Alhaurín de la Torre, Málaga, Andalucía, 14 de marzo de 2003
El Toro
Rafael Osvaldo Aguada, Puerto Rico Raphapr@aol,com
En una hermosa mañana de verano, me encontraba yo caminando por el campo en
busca de mangos. El campo estaba cubierto de yerbas verdes y muchas flores,
todo estaba muy callado y no había nadie alrededor con la exepción de un
toro que estaba comiendo la soculenta yerba del campo. Pero decidí que no
habría problema y que podía pasar cerca de el, sin que el se molestara. Ay
bendito, estaba yo muy equivocado, ya que mientras más me acercaba al toro,
clavó su mirada penetrante en mí y comenzo a mugir.
Tenía que hacer una decisión, retrocedía y buscaba refugio o continuaba
caminando hasta llegar al árbol de mangos. Bueno, como buen valiente, decidí
continuar mi marcha sin pensar en las consecuencias. Lentamente tomé mi
primer paso y el toro no me perdía la vista, mientras más pasos tomaba más
fuerte era el mugir del toro, traté de retroceder y buscar refugio pero
estaba en campo abierto, la única opción era de correr y llegar hasta el
árbol de mangos. pero aunque estaba a una distancia de 100 metros se me
parecía que la distancia era de 100 km.
De momento y sin esperarlo, el toro comenzo a moverse haca mi, tomé un paso,
dos pasos y emprendí a correr como si tuviera fuego en mis pantalones.
Miraba hacía atras y el toro ganaba distancia se acercaba más y más, perecía
que salía humo de su nariz y fuego de su boca. Traté de cambiar de
dirección, corría hacía la derecha y a la izquierda y ese toro ya estaba a
punto de embestirme con esos cuernos que en mis ojos parecían dos espadas
afiladas.
Con todas las fuerzas que pude obtener y con mis oraciones, comenzé a correr
por mi vida,,, ahhhhhhh ya podía ver el árbol de mangos, pero no sabía quien
estaba más cerca, el toro de mí o yo del árbol, no se, pero mi imaginación
jugaba conmigo por que como que escuchaba al toro decir, "párate ahí
condenado, párate ahí." Ya estaba cerca del árbol pero el toro estaba muy
cerca de mí, tan cerca que podía sentir su aliento.
Las fuerzas me abandonaban, tenía que hacer un esfuerzo más para llegar al
árbol, usé todas las energías que me quedaban, ya estaba llegando al árbol,
salté en el aire y comenzé a trepar en el árbol rápidamente, el toro me
miraba y caminaba alrededor, esperando a que yo bajara, pero eso fué en vano
por que de ese árbol no baje hasta dos horas más tarde cuando ya estaba
oscureciendo, pero en la distancia podía ver la silueta de aquel toro
bravío, el cual me dió el susto de mi vida. Desde ese día en adelante el
toro y yo somos muy buenos amigos, jajajajajaja, siempre y cuando yo me
quede en mi lado de la empalizada y el toro en el suyo.
Fín
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