Un cuento para cada día    Alhaurín de la Torre, 18 de enero de 2003

 ACERCA DE AMORES....Y AMANTES

Hugo W. Solari. Editorial Valdez. Primera Edición. 2003.
San José de CostaRica 
hwsolari@hotmail.com.  P. O. Box 620-1200 Pavas.

Dedicatoria: 

A mi esposa Luchy por esos maravillosos 38 años de nuestra aun no-escrita historia de amor y a  mis dos hijas, para que cuando les toque amar, confío en  que Dios les conceda mi suerte.  

Con amor: Hugo W. Solari.

PROLOGO

Cuando el planeta aun sigue girando, marcándonos desde la primera vuelta  el inicio de lo que más tarde  llamaríamos globalización y que después de licuarnos,  terminará encerrándonos en una sola aldea global. 

Cuando oímos alarmadas o justificadas voces advirtiéndonos que el mundo va camino hacia la destrucción por culpa de nuestras apetencias materiales, carencia de amor y peor aun, que ya  nos empiezan a clonar; es cuando se  me ocurrió escribir un libro sobre este complejo asunto de amar, quizás pensando en  el amor como un evento racional que une a los seres  humanos  como el   afán primordial de la supervivencia de la especie humana misma a que los conlleva. 

Les aseguro que no contiene el menor animo o intención de critica y mucho menos pretender  establecer parámetros morales, lo hago únicamente con la finalidad de dejar constancia escrita de que existieron y que en una determinada época  sus vidas se encontraron en forma imprevista, que se  amaron con todas  las fuerzas de sus emociones, que en su intimidad convirtieron en realidad sus pasiones, para bien o para mal, para vivir o morir por sus amores, para convertir sus días en noches de amor a pesar de sus miedos de dejar los nidos y volar libres, pero nunca mas solos. 

Son las historias de diez amantes que decidieron seguir sus impulsos y quizás ni se percataron que iban a escribir sus vidas en plural, sin importarles cuanto tiempo duraría ni como terminaría,  que su amor no se medía en tiempo ni en distancia: tan solo en su alocada intensidad. 

Tampoco probablemente sabían, que entre el cielo y el infierno existe un lugar que se llama pasión y en la que  tarde o temprano todos  hacemos parada obligatoria. 

Por coincidencias, se trata de historias del primer amor, de los prohibidos, otros de inoportunos en el tiempo y  circunstancias pero que con el tiempo vuelven, también del amor a primera vista,  del platónico e inalcanzable y quizás mas ficción que realidad, pero todos tienen en común que fueron intensos y aventureros.  

Cuándo nos llega el amor  solo  ansiamos ver a la persona amada y  en ese interminable lapso vamos susurrando a media voz una canción de amor, como aquella que dice “ ya no estas mas a mi lado corazón y en mi alma solo tengo soledad”.....  

¿Verdad que uno se sentía bien y que nada mas nos importaba  en ese instante?

 Bueno, de eso  tratan estas historias que   denominé: “Acerca de Amores.... y Amantes”.

Quiero decirles que no dejé de sentir cierta aprensión al introducirme en la aventura de escribirlos y dejar volar la imaginación para plasmar en palabras esos sentimientos tan íntimos y personales, pero tan universales a la vez. Pero ya esta decidido y ofrecido, así que acompáñenme y vivan  las aventuras de estos amantes, sus vidas y  desenlaces, que amaban, que les correspondían y  que a todos los unía la  búsqueda de la felicidad compartida como meta final. 

¿ Se le puede pedir algo más a la vida?     

HISTORIAS DE AMOR:

 I:     Julia y El Chato Ortiz (Cajamarca-Perú: 1898-1968) 

II:   Aníbal y Mercedes (Trujillo-Perú: 1920-1989) 

III:  Juan y Manuela ( Lima-Perú: 1938-1986) 

IV:  Julio y Rubí (Bogota: 1979-1989

 V:    Luis y Gabriela ( Centroamérica: 1981- 1990)

 

Julia y El Chato Ortiz. 

No  podía ver bien el serpenteado camino de piedra y barro debido a la intensa lluvia, pero seguía adelante montado en su robusta y preciosa yegua  criolla, cuyos predecesores a través de cuatro largos siglos, desde su participación en la captura del Inca Atahualpa, se habían adaptado perfectamente a los 2700 metros de altura que tenían esas colinas, en ese verano Cajamarquino del ya iniciado siglo que marcaba ese Febrero de 1906.  

No se sentía del todo bien esa mañana debido a  los efectos de la parranda de la noche anterior en una cantina de Otuzco y los quince kilómetros que lo separaba de la ciudad de Cajamarca se le hacían una eternidad y un suplicio.  

El Chato, como le decían sus  amigos y sobre todo sus amigas, era un insuperable ebanista y constructor, descendiente de la familia Ortiz, una de las mas antiguas y se decía  fundadoras de la colonia establecida en esa zona, después de la carnicería que hicieron los españoles para capturar el ultimo emperador de un   formidable imperio que escasamente duro cien años. 

- Pitifó.....Pitifó..... grito a toda pulmón. 

Pero era como gritarle al viento, ya que nadie le contesto en medio del torrente de agua que le mojaba hasta los huesos, a pesar de las botas altas, del poncho de lana y del sombrero negro a media ala que llevaba Manuel Ortiz Marreros en esa gélida mitad de la mañana. Su asistente,  compadre y compañero de aventuras hacía ya rato que gozaba de refugio bajo un gigantesco árbol de eucalipto que lo cobijaba en espera de que acampara un poco.  

Detuvo la bestia y de un giro rápido como demostrando que era un experto jinete, cuestión que necesitaría realmente demostrar  tiempo mas tarde para cambiar su destino, dio media vuelta y regresó sobre sus pasos en busca de Pitifó a quien maldecía entre dientes con los más soeces términos que su léxico conocía, por su retraso.  

Justo al borde de los cuarenta años buscaba la forma de iniciar una nueva vida, ya que la anterior la había tirado por la ventana como se lanza un tarro de orines por la ventana trasera de la casa a la medianoche, al menos esa era la costumbre de hacerlo ya que no había servicios higiénicos en las casas de esas épocas.

Divorciado de su primera mujer, viudo por suicidio de la segunda y que según las malas lenguas del pueblo, fue por la vida miserable que él le daba ó que quizás él mismo le dio el veneno.  

Casi nunca veía a los hijos que engendro con esas damas, que es algo que el destino no deja de cobrar a ningún hombre en ese trance; desesperadamente  buscaba una tercera oportunidad en la vida y hacia ella, inexorablemente se dirigía. 

Desmonto de un salto, cubrió su caballo con el enjebado que traía en la alforja y se preparo dormitar en compañía de sus propios demonios que había creado y que siempre volvían, aunque él no los invocara y pensando en la existencia de un ajuste de cuentas  al final del camino de la vida.                           

Estuvieron varias semanas en la ciudad de Cajamarca, primero reparando el retablo del Altar Mayor de la Catedral, que esta íntegramente realizado en pan de oro,  ubicada en una lateral de la Plaza  de Armas, con su nave central decorada con figuras antropomorfas inmersas en columnatas, arabescos, cornisas y hornacinas, de  impresionante estilo indigenista edificada en el siglo XVII, concretamente en 1682, a partir de  lo que había empezado el Maestro Juan de Céspedes Ledesma.  

Irónicamente la erigieron en el mismo lugar que habían ejecutado al ultimo Hijo del Sol: una religión distinta, un Dios por otro.  

¿Será que nunca podemos los seres humanos vivir sin dioses ó  que solo los creamos como  instrumentos de nuestra codicia?

Después se fueron a trabajar en el retablo del Convento de las Monjas y en la barroca Iglesia de Belén con sello plateresco y más pequeña. Fueron jornadas duras y largas,  mitad trabajo y mitad arte, que realizaba el Maestro Manuel y su ayudante Pitifó en forma frenética, dedicada, se podría decir que con el  grado de  pasión que un ser humano le pone a la búsqueda de la perfección.  

Era una persona  profundamente convencida de la existencia de Dios, que probablemente su mente gradualmente diseñó tratando de compensar su  lado liberal en la búsqueda de los placeres terrenales  y de esa forma mantener a Dios y el demonio en una sola canasta.  

Se sintió bien la mañana siguiente que terminaron las obras encomendadas por su contratista el Dr. Dégola, a pesar de la juerga de pisco y mujeres  en que se vieron envueltos la noche anterior.  

Intuyó que su destino  no estaba lejos de allí, pero  que  tenía que salirle a su  encuentro, por lo que preparó minuciosamente el itinerario de su próximo viaje, que los llevaría hasta el extremo sur del departamento: a Cajabamba, que por cierto pertenece al Departamento de La Libertad y que era un recorrido de mas de cien kilómetros, distancia bastante grande si se hace a caballo, solo durante el día y a principios del siglo XX con pocas rutas buenas. 

Se vistió calmadamente frente al espejo y vio un Manuel de baja estatura, de movimientos resueltos y hasta bravíos se diría, de fuerte complexión que hacía juego a sus poderosos brazos y alertas manos, su curtida piel morena encajaba perfectamente con el color negro de su pelo y el azabache de sus pequeños pero muy  penetrantes y expresivos ojos. De fuerte temperamento, mas bien hosco, reflexivo y explosivo a la vez. 

Muy en el fondo guardaba su ternura.  

Pasaron por Llanacora, Tiayoc, San Marcos, Cholocal, Malca, Cauday y finalmente arribaron  a la bella y  pintoresca Villa de Cajabamba con menos de 800 habitantes en esa época: la tierra de los Huertas y los Iparraguirre. Formidables enemigos que haría no mas al arribar a la ciudad. 

Julia era  de mediana estatura, de figura bien formada, con bello rostro  y muy femenina, de caminar rápido pero armonioso al mismo tiempo. Con un par de ojos verdes como rutilantes esmeraldas que encandilaban desde lejos, su nariz pequeña y finos labios complementaban divinamente  la blancura de su piel donde resaltaban sus sonrosadas mejillas, típicas del clima  de la sierra cajabambina a más de tres mil metros de altura. Su largo pelo color oro platinado que casi le llegaba a la cintura le daba un aire de un ángel recién bajado de un altar cuando uno la veía por primera vez.  

A la vez era de fuerte temperamento y difícil de domar, como  se diría en esas épocas.  

De padres económicamente acomodados y criada bajo una estricta disciplina casi colonial, pero consentida a la vez por ser la hija menor de la familia, vivía una vida feliz y sin privaciones. Su fuerte extracción católica no melló en nada su abierta y liberal mente para entender el mundo que quería forjarse: era un alma libre buscando su destino. Y vaya que lo encontró y nada menos que en la puerta de la casa paterna y a temprana edad. 

Manuel y su compadre, con el constante  sonido provocado por el   alegre trotar de sus caballos, ingresaron a la empedrada vereda  norte de la ciudad, donde  yacían las solariegas y plácidas mansiones de los gamonales del pueblo, del más puro estilo colonial,  con sus altas tapias y el habitual portón grande de dos hojas  y  la pequeña puerta de servicio.  

De pronto su atenta mirada observó  que   una de ellas se abría y sin  ninguna advertencia del destino apareció Julia en su vida y al verla  sintió en su pecho  toda la fuerza del amanecer de un rutilante y candente nuevo sol  que apareciera por primera vez en su alocada existencia y sin querer se estremeció; la saludó con una inclinación de  cabeza y un ligero toque de los dedos al ala de su sombrero mientras sostenía las bridas con la mano izquierda, todo ejecutado en forma elegante y simultanea haciendo disminuir gradualmente el paso a la obediente yegua, en una demostración de dominio completo de si mismo y  de las circunstancias y se detuvo frente a la casa.  

Solo las antiquísimas y bien elaboradas piedras de la vereda lo separaban de su destino.  

Ella le devolvió el saludo con su mejor sonrisa y sin ninguna restricción,  ataviada en su largo y blanco vestido de cintura a las caderas, lleno de encajes y pedrería francesa, lo miro fijamente y sin la más mínima señal de duda en el rostro, como si  lo estuviera esperando desde  mucho tiempo atrás.  

El tornado había arribado y después que pasara, nada sería igual que antes en la casa de los Huertas. 

¿Que hace a un ser humano tomar decisiones tan fulminantemente? ¿Es el destino  que uno tiene  ya escrito ò la libertad de trazarlo que la vida nos ofrece? No pueden ser ambos porque son opuestos y contradictorios. Tiene que ser una de las dos cosas. ¿Pero cual? 

Imprevistamente, sin decir palabra alguna, adelanto la yegua hacia ella, se inclino sobre la montura y extendió su brazo derecho en busca de la cintura de Julia, quien no opuso resistencia alguna y la alzó como una pluma que apaciblemente mueve el viento, no sin antes sentir de cerca el aliento puro y juvenil de su amada. Giro el torso y la instaló suavemente en la parte posterior de la silla de montar y sintió por primera vez sus cálidos y temblorosos brazos alrededor de su cuerpo estrechándolo fuertemente con la cabeza reclinada en su espalda.....  y jalo las riendas decididamente hacia atrás para emprender  apresurado  galope rumbo a la  tan ansiada nueva vida que le esperaba y que ni en sus más alocados sueños se imagino que comenzaría de esa forma.   

- Pitifó..... cúbreme la retirada, alcanzó a ordenar a su compañero.

- Manuel, nos vemos en tres días en la posada de Cauday, le contestaron.

La noche y ellos fueron los únicos testigos de lo que paso entre los  dos amantes en esos tres días, sus promesas, lo que acordaron y como se amaron por primera vez. No tuvieron mas techo que las rutilantes estrellas y más abrigo que sus cuerpos. Solo se alimentaron de amor y calmaron la sed con sus labios.

Fue un buen comienzo: espontáneo, resuelto, solitario, romántico y lleno de amor a primera vista de ambas partes. 

 ¿Se necesitara algo mas para iniciar una vida nueva? 

Lo que vino después fue un torbellino de pasiones encendidas y al rojo vivo. Don Ricardo congregó a los hijos mayores en el salón principal, cargaron las escopetas, con las municiones a la bandolera y  con las pistolas cargadas a la cintura salieron dispuestos a vengar el honor de la familia, aun si tuvieran que mancharse las manos de sangre. La noticia corrió con el viento frió en los parajes cajachos hasta los mas apartados rincones de la comarca y finalmente llegó a oídos de la feliz pareja quienes  debieron tomar la decisión de refugiarse en la Haciendo Quirisuyo de unos parientes de Julia, en la bella  y retirada región de Sitacocha, donde los recibieron cariñosamente los Goicochea y les dieron morada, ganando tiempo para calmar las cargadas armas familiares.  

Lo hicieron  a sabiendas del popular dicho que se oye en los caminos del norte peruano: Dadle posada al Peregrino, menos al Cajamarquino. 

El tiempo tiene la gran virtud de calmar la ira del ser humano en la mayoría de las veces, pero nunca logra aplacar del todo a un orgullo herido, en este caso el de un padre adolorido por perder la  niña de sus ojos en forma tan impensada y en contra de todas sus costumbres y tradiciones familiares. Nunca mas se menciono el nombre de Julia en su casa, mientras él vivió. Ese fue un precio muy alto que había que pagar por el derecho de amar que tenía cada ser humano, en esas lejanas épocas. 

Se casaron y constituyeron una gran familia en el transcurso de los años que vivieron en el Norte del Perú y luego en Lima. Ella murió seis días después que el Papacito Manuel  encontrara la respuesta final a la pregunta que lo torturo toda su vida: ¿Habrá un juicio por todos nuestros actos al final del camino?  

Vivieron juntos,  amándose y cuidándose uno al otro a lo largo de 52 años, tanto así que no pudieron estar separados ni siquiera una semana y posiblemente  volvieron a  escaparse juntos a algún lugar del  infinito universo, nuevamente, con la eterna noche como único testigo. 

Esta es la Historia de Amor de Julia y el Chato Ortiz, mis abuelos. 

 

Aníbal y Mercedes 

Creo que a la gran mayoría de la gente se le hace difícil imaginar que una persona ejerza su derecho de escoger vivir sólo por el resto de sus días. 

Sin pareja y sin nadie al final del día que le diga algo tan sencillo pero tan intenso como una palabra de amor ó  le haga sentir un roce casi imperceptible de las manos como señal de buenas noches, solitario, sabiendo que el único remedio contra la quietud y él frió son las cobijas y lo ultimo que uno acaricia antes de dormirse es la fría e inerte almohada. Y peor aun el despertar.  

¿Si sabemos que estamos diseñados para vivir emparejados como es que algunas personas pueden hacerlo solos? ¿Será que son de otra especie ò que mutaron en algún momento de su existencia?  

Extraños bichos que somos los seres humanos: cuando amamos huimos y cuando estamos solos queremos amar. 

Quien nos entiende: solamente nuestra pareja. ¿Será cierto?  

La soledad es  un inequívoco  presagio de la llegada de la tristeza y  a la vez también de un nuevo amanecer. Esa dualidad es la que nos ha hecho caminar a través de los tiempos buscando siempre la esquiva felicidad perenne, cosa que solo existe en nuestra imaginación.  

El Danubio Azul marcaba sus bellos compases en la desordenada y semi oscura habitación de soltero. En las estanterías de libros que rodeaban las paredes de la habitación, se podía apreciar lo mas variado de la literatura clásica universal desde El Quijote a Alejandro Dumas, pasando por Ciro Alegría hasta León Tolstoy, pero tenia una extraña peculiaridad: las obras eran novelas en su gran mayoría. No había una sola de Filosofía ò Teología, la única excepción era El Tesoro de la Juventud: él se nutría de los personajes y de sus aventuras, no de los pensadores. También todos los discos de acetato eran de música clásica del siglo XIX: les ponía un fondo musical apropiado a sus héroes, quizás  como buen romántico que era.  

La prenda mas cuidada era la revista Life que mensualmente se apilaba en la mesa de centro junto a la infaltable botella de Jerez español y solo  con su autorización podían ambas moverse de su privilegiado y visible lugar. En la pared colgaba un retrato de Víctor Raúl Haya de la Torre y a la derecha un desgastado pañuelo rojo con la plateada estrella que le hacia juego a  la frase “ El APRA nunca muere”. Mas  abajo, recostando su clavijero en el  envejecido  tapiz de la pared, la guitarra esperaba atenta la llamada para hacer sonar sus  melodiosas notas  en los valses, alegres polkas, jaraneros tonderos y ruidosas marineras norteñas, además de los melancólicos cantos de nuestras serranías: cholo que canta huayno es que quiere regresar al terruño, al menos eso dicen.  

Una vez  que teníamos de visita en la universidad a un distinguido historiador dictando una conferencia, un estudiante le pregunto  porque  la tristeza siempre estaba presente en la música andina. Después de un par de segundos la respuesta salió con su enorme verdad: si por casi quinientos años solo te han echado palo, no creo que en respuesta tengas ganas de cantar algo alegre.  

En la mesa de noche del dormitorio que acompañaba a la gigantesca cama de bronce, el radio Telefunken yacía junto al libro de turno que caía en sus manos, además del infaltable cenicero, donde reposaban las cenizas del paquete de cigarrillos Presidente que se pitaba todas las noches con la acostumbrada copita de jerez. Esos eran sus mundanos vicios que complementaba con sus  sigilosas y esporádicas salidas nocturnas en busca del amor comprado. 

1948: era un año turbulento en el Perú. El sistema democrático, una vez mas, estaba interrumpido y otra Junta de Gobierno Militar estaba posesionada en el Palacio de Pizarro, no sin antes exilar al presidente constitucional tres años atrás; instituida con la fuerza de los tanques y el sonar de las botas de los batallones del Cuartel de Zarumilla, donde  el único esfuerzo para ser presidente del país, era cruzar  entre gallos y medianoche el Viejo Puente que lleva a la Alameda del Rimác, que pocos años mas tarde inmortalizara Chabuca Granda.  

-Aníbal ven a comer. Sé esta enfriando la cena. Le exclamaron.

-Ya voy, contestó. Hay noticias alarmantes en la radio. 

Efectivamente el gobierno del General Odria había suprimido las garantías constitucionales y comenzado la persecución contra de los apristas y otros opositores a su régimen de facto que  quería perpetuar con elecciones fraudulentas de un solo candidato: el general de turno.  

Pronto se sentirían nuevamente en las noches las voces de los esbirros interrumpiendo en las casas y tomando prisioneros para luego ser llevados a la terrible Lobera de la Isla de San Lorenzo. 

Apresuradamente eliminó todos los signos de sus simpatías políticas en la habitación y quemo su carnet Aprista, no sin antes sentir rabia en los más profundo de su pacifica mentalidad. Las sombras llegaban de nuevo y con ellas la falta del principal derecho que tenemos: La Libertad. 

Estaba arañando los cincuenta años, con el pelo blanco que caracterizaba a su familia, alto y delgado, pero no desgarbado. Impecablemente vestido, camisa blanca almidonada, de chaleco y corbata, solo desentonaban los zapatos negros de pasadores siempre mal lustrados,  con medias del mismo color y de andar rápido.  

Muy cortés en sus relaciones y elegante forma de saludar debido a su vasta educación autodidáctica que en el transcurso de los años se había proveído así mismo. Incapaz de decir una palabra altisonante y menos alguna que sonara grosera, era un caballero andante.  

El clásico diplomático y mediador de la familia. A quien recurrir cuando el bolsillo apretaba y cuando la moral, la ética ó la cultura debían ser limpiadas. Ese era su rol en la tribu y lo aceptaba de buena forma y con mentalidad abierta a escuchar, pero sin ceder un ápice en sus convicciones morales.  

Su único defecto era que no pudo amar a nadie mas que a Mercedes, a quien utilizo como excusa para evadir las responsabilidades que acarreaba ser jefe de familia, como él mismo lo reconoció  una noche de bohemia familiar.

¿Pero quien era Mercedes? Se  hablaba que era una maestra de escuela de su pueblo en la lejana Huarasuyo, pero en realidad nadie la conocía y los pocos que lo sabían preferían no hablar de ella. ¿Porque? 

Serrano de corazón y de nacimiento, salió de su pueblo natal en las alturas de la Cordillera Oriental, primero a las costas de Trujillo y luego a Lima con sus  tíos y primos a probar fortuna y conocer el mundo. Por su salud débil y resquebrajada por los húmedos inviernos que le afectaron seriamente los bronquios, nunca  busco la independencia de la familia que lo rodeaba, al menos ni siquiera hizo el intento.  

Y sin embargo, durante mucho tiempo pausada, pero constantemente amó en silencio y en sus sueños a la única mujer que despertó ese sentimiento en él desde que tuvo edad de amar. Cuando el amor nace y florece en un solo lado es tan inútil como agua sin sed ó como la luz a los ojos cerrados de un muerto. Sin futuro pero con suspiros, sin pasión pero con melancolía.  

Eso y las experiencias de otros miembros de la familia  quizás sellaron su corazón para siempre y se aferró al amor platónico de Mercedes como un naufrago a la vida y que al fin de cuentas no le importó y se acostumbro a vivir con su soledad, pero no en un islote remoto, sino  en una punta de la isla familiar que tenía. 

Eso sí, a cambio impartió consejos y moral de la buena y a la antigua, cultura y educación, impregnando  valores duraderos a sus jóvenes sobrinos, no solo con la palabra sino con el ejemplo de su rectitud y ética siempre bien fundamentada.  

Fue un segundo padre detrás de la barrera del redondel de la vida, un apoyo y un amigo en el verdadero sentido de la palabra durante muchos años que vivió dentro del circulo familiar.  

Y aun así, al final de su buena y acompañada larga vida que tuvo se resistió a morir, aun cuando  ya no tenía fuerzas, sencillamente no quería  partir. ¿A que temía? ¿Se arrepintió de no haber buscado a Mercedes? ¿Realmente existió ó fue un amor inventado por un corazón romántico? ¿Que le faltaba o le sobraba para irse en paz, ya que fue un buen hombre toda su vida?  

Tenía suficientes seres queridos que lo rodeaban en su lecho de muerte y ese amor y  esa pena eran sinceros y llenos de agradecimiento por lo que él  había dado y también recibido por más de tres décadas con ellos.  

Es algo que nunca lo sabremos y  es una duda que siempre me inquietara.  

Esta es la Historia de Amor de Aníbal y Mercedes, mi mentor cultural. 

 

Juan y Manuela 

El húmedo frió  había cedido el paso al sofocante calor del verano del 38 en la Ciudad Jardín, como era conocida Lima en esos años y Juan en su reluciente uniforme blanco de la Fuerza Aérea Peruana, salía de la Base Aérea de Las Palmas a gozar del ansiado fin de semana que merecidamente se les otorgaba a los miembros  de la institución.  

Alto, de contextura mediana, con rasgos heredados de la mezcla de sangres de sus antecesores italianos, alemanes, franceses, incas y sabe Dios que otras etnias y que en realidad a él no le importaba o al menos pretendía no hacerlo, pero no era muy  bueno disimulándolo.  

Se bajó del tranvía que venía del balneario de Chorrillos y con su sempiterno rápido andar de pasos largos se dirigió al chino de la esquina a proveerse de sus inseparables cigarrillos Inca. De pronto se fijó que estaba a pocos pasos del Cine Campoamor y  que era la hora de la función de las 6 de la tarde, conocida en esa época como la Vermouth y que era a la vez un centro de   reunión de los jóvenes con gomina y las damas con vestidos de seda floreados de aquella época.  

Se estiro la impecable chaqueta blanca del uniforme, colocó en el lugar correcto la gorra del mismo color y se encamino a la boletería del teatro, sin saber que no solo iba a lograr la entrada a una función, sino  algo más grande, maravilloso y  duradero que lo acompañaría los próximos veinticinco años de su agitada vida de aviador, finquero, cauchero, maderero, orero, entre otras cosas, que le fascino hacer a  este aventurero  del aire,  de una generación de águilas que heredó las nubes conquistadas por el inmortal Jorge Chávez al cruzar los Alpes por primera vez en su monomotor Bleriot XI-I en 1910 y  que murió murmurando: Arriba, Siempre Arriba. 

Por esas casualidades de la vida nació y murió en el mismo mes de Septiembre, que es el dedicado a la aviación peruana, hijo de un burócrata de la  recién formada clase media limeña: pianista, con buena voz para el canto bello, pinton, con aires  gardelianos y apasionado por las damas, como la mismísima doble sangre italiana que le circulaba por las venas.  

Juan siempre sintió un desafecto y solo en pocas ocasiones manifestó el desaprovechado cariño paternal que nunca tuvo, ya que desde temprana edad, a causa del divorcio de sus padres, vivió con una hermana y su madre.  

Probablemente por ese pasado hasta cierto punto dolido, nunca pensó en las mujeres como algo  pasajero, sino más bien como un compromiso serio que bajo ninguna circunstancia, a no ser la muerte, podía un hombre romper y mucho menos terminar por otro afecto.  

Apenas al empezar la adolescencia, su familia se trasladó del señorial Cuzco, donde nació, ya que su abuelo materno Don Conrado Buttgenbach fue enviado al Perú por el gobierno del Káiser a fundar el famoso Colegio Alemán a principios del siglo XX.  

Se fueron a vivir a la región selvática en una aislada y remota zona donde quedaba  la hacienda de un hermano de su madre,  un lugar llamado Puerto Victoria, que queda  exactamente en la desembocadura de los ríos Pichis y Palcazu que forma él rió  Pachitea, en la área selvática del oriental departamento  de Cerro de Pasco. 

Desde que llegó se sintió en su lugar y bajo la estricta disciplina alemana del Tío Walter forjo su carácter estoico, disciplinado, frió, solitario, trabajador y aventurero. De pocos amigos y pocas palabras,  rasgos que lo caracterizaron por el resto de sus días, pero se sentía feliz en esas remotas tierras.  

Una mañana temprano, lo llamo el tío al despacho de la hacienda, que había sido construido en el lugar mas elevado de la casa: la esquina nor-este, desde adonde se podía apreciar en toda su magnitud y belleza  los maravillosos amaneceres de la selva peruana, donde los matices dorados del sol se multiplican en la distancia y al  rebotar en la superficie,  producían  cegadores resplandores con  las aguas de los  tres ríos, que prácticamente envolvían la casona, unido a los aullidos, gemidos y llamados de una fauna  que volvía a la vida y que ponía un  fondo musical a este espectacular evento diario.  

¿Habían finalmente  encontrado su paraíso estos emigrados alemanes?  

Abruptamente y sin rodeos en el mejor estilo teutónico, esa mañana le comunicaron que al cumplir los 18 años el próximo mes, seria enviado a Lima a servir en la aviación ya que tanto ansiaba volar, apadrinado por el General Armando Revoredo Iglesias, que era muy amigo de la familia y que ejercía un alto cargo en el gobierno del dictador de turno, General Oscar R. Benavides. 

Como en esa época donde mandaba capitán no mandaba marinero, fue despachado a su nuevo destino de la noche a la mañana.  

En el silencio y la soledad del viaje, se sintió contento y motivado por la nueva aventura, pero se prometió a sí mismo regresar,  pero esta vez no como convidado, sino decidido a conquistar la selva y a tener un sitio propio, donde construiría su  morada con sus  manos y encarando nuevamente los tres ríos,  como amo y señor de esas latitudes.  

- Me da un boleto, por favor. Lo dijo clara y disciplinadamente al mismo  tiempo que extendía su mano hacia la ventanilla y sin mirar hacia el interior de la misma. 

Cuando sintió la entrada en su mano recién se percato de los ojos negros que lo miraban, quizás en ese momento presintió en lo mas profundo de su alma, que algún día, también con la misma mirada de sorpresa los volvería a ver, pero en el adiós definitivo. Fue en ese momento que la vio por primera vez y se quedo estático sosteniendo la mirada ante las ruborizadas mejillas de Manuela, quien disimuladamente quito la vista y se concentro en entregarle el cambio en forma acompasada y metódica, pero  sin ninguna  prisa.  

No pudo concentrase en la película ni mucho menos le intereso el lugar o la gente que lo rodeaba. Se sentía eufórico y lleno de esa alegría de saber que  le esta pasando algo bueno, pero que no tenia forma de explicar que era. Prendió un cigarrillo tras otro y tras varios  frustrados intentos de volver a la ventanilla, porque no  encontraba la excusa apropiada, hasta que finalmente decidió hacerlo casi instintivamente. Quería  volver a ver esos ojos negros.   

El destino estaba en marcha, en su curso de encuentro. Juan se había enamorado y ni siquiera lo sabia.

Manuela mientras tanto, se había quedado perturbada por la sin razón del  rubor en las mejillas y pensando en lo atractivo y bien plantado que era el gringuito que se le había quedado mirando tan fijamente al recibir el boleto, pero a la vez recelosa por la fama de galanes que tenían los aviadores que en esos tiempos se paseaban por el Jirón de la Unión en el centro de Lima, frente a la sede del famoso Aeroclub del Perú. Era una muchacha de familia, de clase media, con sólidos principios morales y  de profunda creencia en Dios. Pero no conocía el amor. 

Terminó de cuadrar la caja y al cerrar la puerta del cubículo y dar la vuelta se topa de frente con Juan y con su destino: parece que lo intuyó  en toda su magnitud, ya que en ese momento  le presto atención, por primera vez, a la letra del fondo musical de la película que tenuemente se escuchaba desde el teatro y se le vino a la mente el romántico pensamiento de que si llegaba a tener algo con el teniente aviador y dado lo riesgoso de su profesión, esa seria la canción ellos.  

La misma letra y melodía  que la harían derramar lagrimas de soledad y tristeza años mas tarde, cada vez que Juan saliera en las mañanas a remontarse en las nubes y ella se sentara a esperarlo  frente  al piano y cantarla con su entonada y melodiosa voz, llena del amor más puro que pueda sentir una mujer hacia un hombre, sabiendo que tal vez su Teniente no pudiera volver a sus brazos y en su canto le expresaba su sentir: 

Bésame.... Bésame mucho.....

Como si fuera esta noche la ultima vez..... 

Y ese fue su himno de amor por un cuarto de siglo y que todavía hoy se escucha en el mundo. 

Una tarde de Enero pasaron por debajo de las relucientes espadas y arengas de los compañeros de promoción, él vistiendo el uniforme de gala de la aviación militar, con su pose prusiano y elegante que lo distinguía  y Manuela tomada del brazo de su flamante esposo se veía feliz y radiante con su vestido blanco de novia que hacia resaltar el negro azabache de su cabello.  

Pequeña de estatura y de tez  color capuli, que cautivo a Juan desde el comienzo y que complementaba  la negrura de sus ojos y la dulce sencillez de su espontánea y casi eterna sonrisa. 

Era un Enero de 1939, año en que el mundo convulsionó y que también  cambio para siempre la vida de Manuela.  

Juan volvía a su sueño selvático y esta vez no llegaba solo, venía acompañado  de una esposa, que aun no podía creer lo que había hecho al aceptar esta aventura y solo por el amor a un hombre: su Teniente.

-Señora Manuelita..... Señora Manuelita, le gritaba la campa Huatata, su criada. 

Ella no respondió y  mucho menos  se movió. El pánico  llegó y la atrapó en cuerpo y mente. El miedo es el imperfecto compañero de una persona, sobre todo para una  capitalina que se encuentra en medio de la jungla del Pachitea con un hijo de un año y tres meses de embarazo, separados del vecino más cercano por un rió de 400 metros de ancho, con solo unas pocas horas de práctica en  el manejo de la  canoa a motor y para colmo de males, el marido buscando oro tres días río arriba. 

Estaba Manuela parada en el porche de la casa, con la escopeta en su mano y mirando fijamente la serpenteante vereda que bajaba al rió y por cuyo sendero llegaba visita y de que clase....... 

La larga fila de los amueshe se movía lentamente desde la ribera donde habían atracado sus canoas, todos los miembros de la tribu subían  cantando a media voz,  tristes y sentidas melodías, acompañando al fardo funerario de la niña fallecida al caer el sol del día anterior. Venían  encabezados por el curaca Sinacai a quien su fama de hombre rudo le hacia juego  la gran cicatriz que llevaba en la cara, producto de un machetazo obtenido en las innumerables guerras tribales.  

Muy serio y arrogante, pero solemne, miró a la mujer que usaba pantalones y que no le mostraba miedo. Era la mujer que había traído Juan, para ayudarlo a conquistar la jungla.  

Intento un saludo en su idioma, que sonó mas a un gemido reprimido y enseguida, como un dardo en busca de su blanco, lanzo la pregunta: 

-Manuela saber usar la escopeta de su marido? 

Ella levanta el arma hasta la cintura y el disparo retumbó como un trueno en invierno y el atronador sonido se extendió a  cada rincón del rió y  los árboles cercanos, con el inconfundible  aleteo de aves presurosas remontando vuelo y los histéricos gritos de los animales salvajes de los alrededores en su vertiginosa huida al escuchar la detonación.  

La suerte estaba echada: nuevamente era el pulso entre dos civilizaciones. 

-Yo vengo a enterrar a mi sobrina Nahspurrema. Estas viviendo cerca de nuestro campo sagrado, casi susurro Sinacai.

Quizás arrepentido o advertido de haber hecho la pregunta inicial. Tarde dedujo que tenia un rival al frente. 

-Pueden ir hasta las colinas y enterrarlo allí. Como cristiana siento su perdida, replicó calmadamente Manuela. 

El cacique hizo un rodeo a la casa y lentamente la fila lo siguió con sus  reiniciados cantos  y se dirigió hasta una explanada cercana a la pequeña, pero linda quebrada, a un kilómetro detrás, llena de extraños montículos de tierra que desde su llegada la habían intrigado.  

Manuela después contó, que con el pánico que sentía, había mantenido el dedo en el gatillo todo el tiempo y que cuando movió la escopeta el tiro se salió solo, afortunadamente sin pegarle a nadie.  

Estaba molesta con su marido por haberla dejado sola, pero a la vez orgullosa de su carácter. 

Durante dos  días y sus noches los amueshe velaron a su muerto y finalmente en el amanecer del cuarto lo enterraron y lentamente desaparecieron en sus canoas sin mas cánticos ni sollozos, porque según sus costumbres el alma del muerto había regresado a la selva y deseaba no ser molestado nunca mas por los vivos. Su tumba era una pequeña colina sin nada mas de adorno que flores silvestres que habían transplantado durante la noche para no despertarlo de su sueño antes de regresar al monte.  

La realidad es que Juan hizo el denuncio de tierras justo al frente de la propiedad del tío, encarando también a los tres ríos y le había puesto el nombre de Puerto Elsa en recuerdo de su abuela materna, en  lo que era un  antiguo cementerio de la tribu amueshe. 

Quizás Sinacai perdió un miembro de su tribu, pero esa tarde gano una amiga para siempre y Manuela un aliado incondicional en el  delicado manejo de las relaciones con las  tribus de la zona. Fue un encuentro de dos culturas en que ambas se midieron y como cosa rara, las dos ganaron. 

Desde ese día Manuela se ganó el respeto de sus colindantes y se corrió la voz  de que era mejor tiradora que su marido, además empezó a amar  aquellas tierras  y Puerto Elsa se convirtió en un centro de visita de todos los comerciantes y nativos que surcaban hacia Puerto Inca, que era la ciudad más cercana a seis días río arriba, unos  por curiosidad  y otros por que querían conocer a la mujer de pantalones que se enfrento al gran cacique de la región.  

Atendió partos, curo heridas, asistió a bodas, hizo de dentista, de clérigo y terminaron aceptándola y queriéndola de esa manera simple y espontánea que tienen los humanos en los albores de su civilización.  

Se encariño de su nuevo mundo, tanto así que cuando años mas tarde regresó a Lima, se llevó para siempre la marca de la selva: una herida en la pantorrilla derecha que le causo la picadura de una mariposa que le transmitió la uta y que al cauterizarla  con el borde plano de un machete calentado al rojo vivo, la cicatriz nunca se  le borro. 

Fueron años duros pero llenos  de realizaciones como cuando terminaron de construir la casa, tuvieron cinco hijos, criaron ganado Holstein,  cultivaron hortalizas, lloraron  y rieron juntos, pero  sobre todo se amaron con la misma ilusión que tuvieron desde el primer momento  en que se conocieron. 

Una soleada tarde Juan observo el ganado muy inquieto y atemorizado, por lo que opto por mantener vigilantes, todo el tiempo que fuera posible a los peones y pospuso sus idas a la zona orera hasta saber que estaba ocurriendo y se concentro en la zona  cauchera y maderera más cercana a la casa.  

A Fernando, su ayudante amueshe e inseparable acompañante, se lo habían entregado al cumplir los trece años para que se hiciera hombre y aprendiera a trabajar con su patrón y entre los dos se había establecido una relación muy parecida a la un de padre y un  hijo, ya que Fernando era un muchacho muy inteligente y dócil, que era el temperamento ideal para trabajar con el inquieto y estricto Juan.  

Las mujeres campas mas viejas que trabajaban en la casa ayudando en las tareas domesticas y agrícolas mientras masticaban la yuca sancochada para preparar su licor favorito, el masato, susurraban que los animales estaban inquietos  y agitados porque la muerte se había instalado en la casa y que pronto se llevaría a alguien y que no tendría misericordia al hacerlo.  

Efectivamente, una semana mas tarde hizo su reclamo y se llevo a Fernando que se ahogo en la Quebrada del Diablo al caerse de la balsa en una fuerte correntada que agarro y desintegro la embarcación. 

Durante cuatro incansables días y sus noches, Juan busca el cuerpo en todas las bocas del río, utilizando a los pobladores de las tribus cercanas para peinar la zona en forma frenética y desesperada, ya que  le había  hecho una promesa al padre del muchacho,  que algún día se lo devolvería  y cumplir su palabra era algo sagrado para el Teniente.  

La mañana que Juan regresa con el cuerpo al atracadero de la casa, parecía que la jungla se había inmovilizado, solo  se escuchaba el ruido de los remos al tocar suavemente la superficie  del agua  y  lloró al entregar el cuerpo al atribulado padre y  le pidió perdón por no haberlo cuidado mejor, quizás en su interior extrañaba la figura paterna que nunca estuvo  a su lado ó quizás diciéndose que no quería ser jamás como su padre, capaz de abandonar  un hijo. Era el código de conducta que se había establecido así mismo desde joven, que nunca rompió y que le fue difícil perdonar al que no lo hiciera así.  

Esa noche dejo de amar su lugar y cuando eso le sucede a un hombre es mejor partir.  

Todos tenemos fantasmas que nos persiguen implacablemente el resto de nuestros días, Fernando era el del aviador y él siempre lo acepto así. 

Desde ese momento se comenzó a gestar la retirada, unida a la circunstancia agravante de que no existían escuelas cercanas donde pudieran ir sus hijos, por lo que la decisión no demoraría en tomarse, la pregunta era cuando. 

Mientras que la vida para Manuela seguía siendo mejor y cada vez su cariño por el lugar se acrecentaba y paulatinamente se volvía el centro de atención de las visitas por su hospitalidad y su constante buen sentido de humor al enfrentar los problemas, cosa inversa en Juan que comenzó a extrañar cada vez mas sus días en el aire y el olor a gasolina de los motores de los aviones.  

En esas estaban cuando les anunciaron que había fallecido la esposa de Sinacai, por lo que Manuela remonto el Palcazu en bote,  empuñando su nuevo motor fuera de borda que le había regalado su marido  y llegó a la aldea de los amueshe para ofrecerle sus respetos al cacique y también al amigo. 

Llegó tres días después de la muerte de la compañera y él  la recibió en el primitivo muelle ataviado  en sus  mejores ropas,  con los signos indiscutibles de su rango y señorío de líder absoluto del pueblo amueshe, expresado en las formas y colores de las chaquiras, sereno y sin el menor rasgo de dureza en su curtida cara, que apenas  reflejaba el intenso dolor en su interior, como sabiendo que tenia delante de él una decisión muy importante que tomar.  

Invitó a Manuela a  beber masato fuera de la casa y con la mejor entonación de la lengua amueshe, que tiene una pronunciación muy suave, parecida en cierta forma al francés, conversaron durante un largo rato, ambos en el lenguaje tribal, que ella aprendió a dominar muy bien y allí el cacique le contó la más extraña historia de amor que Manuela había escuchado, que  nunca olvido y  que siempre la hizo estremecer cuando la narraba: Se decía que desde hace mucho tiempo existe una leyenda en la tribu Amueshe, que cuando una buena esposa muere, se la embalsama y se cierra la casa para que nadie entre, por que su espíritu quiere estar sólo para despedirse de sus pertenencias y ataviarse con sus mejores galas a esperar que su amado abra las ventanas tres días después de su muerte y la deje partir, tomando la forma de una guacamaya y regresar al monte.  

Al despedirse Manuela  estrechó la mano de Sinacai y presintió el  triste adiós del amigo y la entristeció ese pensamiento,  lentamente se dirigió hacia la embarcación.  

En el preciso momento que iba a encender el motor escucho el inconfundible sonido  de la escopeta,  y al menos ella siempre así lo juró,  que  segundos después vio salir de la casa y elevarse  en el azul del cielo a  dos bellísimas guacamayas, muy juntas, ala con ala, en majestuoso silente vuelo, en dirección al crepúsculo de aquel bellísimo atardecer de la amazonía peruana. Manuela por primera vez sintió el miedo a lo desconocido que guardaba la inmensidad de estos parajes y nunca fue la misma después de esta experiencia: aprendió a temer  la jungla. Era tiempo de partir. 

Enviaron a la casa de los abuelos maternos en Lima los tres hijos mayores a estudiar y ese fue el ultimo paso de la retirada selvática que inevitablemente se veía llegar. Al partir sus hijos, Manuela sintió que le habían arrancado una parte de sí misma y dejo de sonreír como si no tuviera la necesidad de hacerlo o para quien hacerlo. 

El conflicto había llegado, dejo de amar el amanecer de su nueva tierra y su canto no se volvió a escuchar en la pequeña quebrada detrás de la casa: lo reemplazo el amargo llanto de una madre por sus hijos.   

Y  partió de regresó a Lima de la misma forma que había llegado: del brazo de su Teniente y preguntándose a si misma si se había contagiado de la sed de aventuras de su marido. Pero a la vez convencida que nunca olvidaría esos diez años en Puerto Elsa, en los que procreo cinco hijos y  estaba agradecida por su cercanía a su Dios, que en  la inmensidad del manto verde le permitió aumentar su fe en él, que siempre la protegió y le dio valor para enfrentar las duras circunstancias que atravesó, pero siempre con su inmenso e interminable amor por Juan a quien idolatraba. 

La vida le volvió a sonreír nuevamente en Lima, tanto así que tuvo tres hijas mas, lastimosamente  también perdió un varoncito al nacer, a quien llamó Miguel Ángel y a quien nunca olvidaría a pesar que nunca lo tuvo vivo en sus brazos y mucho menos lo escucho decirle mama. 

La muerte de un niño siempre es más dolorosa no por lo que fue, sino por lo que dejó de ser.

Pero se repuso,  se compro un viejo, lleno de polillas  y destartalado  piano,  el cual Juan con sus dotes de carpintero reconstruye completamente y ella volvió a cantarle a la vida en cada tarde que tenia libre después de atender a la numerosa y bulliciosa  tribu que tenia en casa, pero   siempre dedicando su canción favorita al  errante aviador que había vuelto al aire, esta vez en las alas de la compañía Faucett,  por todas las rutas del vasto Perú.   

Y su galante Juan siempre volvió y le encendía su vida aun más cuando retornaba a casa  con un ramo de retamas amarillas ò rosas rojas en sus manos y que él mismo acuciosamente escogía en todos los lugares a que viajaba, como prueba del irrenunciable amor que le profesaba y cumpliendo la promesa del retorno.  

Los seres humanos somos arrogantes al amar y sobre todo cuando prometemos amar eternamente, olvidando  que la dimensión del tiempo no perdona cada segundo que nos entrega.  

¿Quiénes  creemos que somos al ofrecer una promesa así?  

Si  solo la luz de la estrella más cercana a nosotros dura millones de año en llegar a la Tierra y si  una mariposa vive solamente un día.  

¿Porque que este juramento, si la eternidad  no nos pertenece?  

Creo yo  porque el amor es un impulso que nos fue dado y  que ya forma parte  de nuestra estructura genética, que  fue la fuerza que nos arrancó de las cavernas y que cuando los humanos dejemos de amar, inevitablemente volveremos a la oscuridad de las mismas y será algo que  mereceremos, si dejamos que  algo así nos pasara. 

Después de siete horas en la mesa de cirugía  de un hospital, a la que por problemas serios de salud fue internada y a la estupidez del medico que no la envió a la sala de recuperación a tiempo, Manuela  abrió sus  ojos por ultima vez, frente a la mirada atónita de Juan y  los cerró para siempre   una fría y nublada  mañana de Noviembre.  

No hubo despedida. Cuando la besó en los labios por ultima vez,  no hubo respuesta..... ya  había partido sin decir adiós. 

Extraña ecuación que encaramos los humanos al final de la vida: si nos vamos lentamente, prolongamos la existencia, pero los recuerdos nos agobian y si nos marchamos rápido no hay tiempo de despedidas. No hay elección:  sencillamente nos toca. La tercera opción  estigmatiza y el peor pecado del ser humano, ya que no tiene lugar  al arrepentimiento. 

¿Cómo pudo un hombre tan  integro y leal tomar un  golpe así de la vida? 

Con un gesto de dolor extremo en la cara, desgarró  la camisa como única señal de desesperación que mostró, levantó su mirada al cielo como reprochando a su Dios en silencio y sepulto a su amada Manuela, rodeada de retamas amarillas y rojas rosas que tanto la  deleitaron. 

Estoy seguro que ese triste día, a ella le hubiera gustado haber podido entregarle a Juan, su testamento, que le tomó toda una vida escribirlo junto a él: 

Te dejo mis ojos de amaneceres dorados
para que miren tu deseo de vivir
Te dejo mis labios que probaron los tuyos
para que arropes en ellos un beso
Te dejo mi voz
para cuando añores mi canto
Te dejo mis manos
para que sostengan las tuyas
Te dejo mis pensamientos
para que duerman con los tuyos
Te dejo mi corazón
nocturno y hechizado por ti
Y al final te dejo mi alma
para que entre sollozos
se  la entregues a Dios..... 

Al mismo tiempo se prometió criar y guiar a sus hijos hasta que tuvieran la mayoría de edad,  donde terminaría su tarea y luego elegiría su destino otra vez. Dio su palabra y así lo hizo.  

Veinticuatro años mas tarde un cáncer se lo llevó en nueve semanas  una noche de Septiembre, rodeado de sus seres queridos, conversando en lengua amueshe con su querida Manuela, que según él, estaba sentada en el borde de su cama esperándolo y pausadamente entregó su alma en la silenciosa paz de las sombras, para iniciar su ultimo e interminable vuelo al mas allá, que añadiría a las 23 mil horas  que ya tenia registradas en su Libreta de Vuelos en su vida de aviador.  

Esta es la historia de amor de Juan y Manuela, mis inolvidables padres.

 

Julio y Ruby 

Nadie  esperaría que gozando  una espectacular mañana en un Domingo de 1980, sintiendo en el rostro los deliciosos vientos frescos  al acercarse a la vieja metrópoli de Cartago,  en una caseta del peaje de la autopista, empieces a sentir los síntomas y el inequívoco dolor en el pecho de un  severo ataque al corazón. 

Bueno eso le estaba ocurriendo a Julio y como doctor lo sabía muy bien.  

Elegantemente, como invariablemente  hacía todas las cosas, se preparó a morir no sin antes  dedicar su ultimo pensamiento a su amada, como lo había prometido hacía poquito tiempo atrás: ningún corazón aguanta tanto amor.  

Pero su suerte no estaba echada del todo, después del ataque soporto un divorcio, recupero su negocio mas preciado, vendió vacas en medio mundo, enterró un hijo y  le practicaron dos operaciones a pecho abierto al corazón  a lo largo de los 19 años que vivió después de ese día, hasta que finalmente, al acabarse el presente siglo, el único adversario que pudo vencerlo en su vida, el tiempo, lo hizo y en un lugar de ensueño llamado Campoalegre, en los amorosos brazos de  su sollozante amada Ruby.  

Pero quien era este caballero?

Julio era empresario y ejecutivo de alto nivel de una prestigiosa corporación de norteamericana con oficinas e inversiones en todo el mundo.  

Chispeante en sus respuestas y brillante en el análisis de las ecuaciones y problemas que en su  rango le tocaba enfrentar y resolver durante  los turbulentos ochentas, la mal llamada Década Perdida Latinoamericana, porque no se perdió, al contrario, la encontraron los comunistas criollos y se cebaron de ella, a costa de las  validas ilusiones de sus pueblos. 

Bogotano de pura cepa de apellido alemán por parte de padre y francés por la mamá, tenia la suerte de haber nacido dotado de sangre azul como él mismo bromeaba.  

Vestía siempre en una forma impecable, que acompañaba a su innegable porte de caballero alemán y apropiada para cualquier ocasión  en  la que estaba, incluyendo con las populares bermudas en las arenas de una playa en el Caribe. 

Nacido en el puro inicio de los años 30 con su bagaje de señor, que a lo largo de su vida ejerció magistralmente tanto en su vida personal como en el mundo de los negocios, donde podía cautivarte desde el primer instante ò mostrarte la otra mitad de su personalidad, completamente opuesta a la primera, pero esa elección no era de él, era de uno. Siempre se comentó en los pasillos de todas las subsidiarias de la empresa, que alrededor de Julio había solamente dos clases de personas, los que lo odiaban y los que lo querían.  

Pero nadie nunca cuestionó su olfato para el resultado final del negocio que se pretendía cuando era bueno y su rechazo instantáneo si no lo convencía desde el principio.  

Esto es lo que ahora se conoce como visión de negocios, que Julio debería haber patentado. Solos unos pocos entendieron que su filosofía no contemplaba el factor producto como principal elemento, sino la gente que los realizaba, lo que le ocasiono mas de una bronca descomunal en algunas reuniones, donde el primer signo que mostraría al otro Julio era el erguimiento de sus siempre bien cuidados bigotes y era cuando irremediablemente comenzaba el huracán.  

Su fuerte y único estilo de gerenciar lo manejaba con la teoría del caramelo y el látigo. Lo más sorprendente era que sus subordinados lo aceptaban y el que no.... salado. 

Mantenía un ambiente alrededor de sus colaboradores siempre de orden, pero a la vez informal y cargado de buen sentido de humor, del cual era un maestro consumado, aun en los momentos más álgidos, pero todos sabían que era una persona en quien confiar y se sentían protegidos. 

Directo en sus cuestionamientos y de la misma forma en enviarte al carajo cuando olfateaba que le mentías. Era un Gerente en todo el sentido de la palabra. El único  de su clase que conocí. 

¿ Pero los caballeros también se enamoran a los cincuenta años? 

- Comunícame con Javier, negrita. Solicitó a su secretaria. 

- ¿Javiercito como esta en tiempo en el Caribe? Preguntó. 

Javier Salazar era un muchacho de 19 años, pero ya contaba con 3 mil horas de vuelo en el Cesna 310 en los que transportaba a sus pasajeros por todo Centroamérica de día y de noche. Uno de sus clientes era la empresa de Julio, que requería este tipo de servicios por la premura e importancia de sus negocios con otras transnacionales. 

- El tiempo, Doctor, esta para quedarse en casa. Un huracán esta pronosticado para  llegar en las próximas 24 horas. ¿ A donde necesita ir?

- Prepara el vuelo para salir a las 4 de la tarde a San Andrés, contesto. 

Efectivamente, Julio tenía un rendevouz con su adorada Ruby, quien ya había salido de Medellín hacia la isla al mediodía, por lo que sus planes eran de llegar o llegar. 

Después de 2 horas de un turbulento vuelo y con mas suerte que pericia, en medio de la pavorosa tempestad, divisaron las luces de la pista de aterrizaje y cayó, literalmente hablando, del cielo a los abiertos brazos de su amada. Decidió arriesgar todo, incluyendo la vida, por el amor a una mujer.  

No hay amores lícitos y amores prohibidos, solo hay amores y punto. 

Colombia es un bello país con gente bella. Quizás él mas descentralizado de todas las naciones latinoamericanas a excepción de México. Aparte de la riqueza de su gente tiene todos los recursos que un país necesita y en abundancia suficiente para lograr un desarrollo integral que ofrezca bienestar a sus habitantes.  

Una capital señorial de una belleza arquitectónica sin par, culta y parrandera a la vez en sus heladas noches de bohemia, alimentada con el delicioso sabor de su aguardiente de sabor anizado y de su infinidad de buenos restaurantes.  

Situada en la Sabana Bogotana y que ofrece un deleite para la vista por sus paisajes que parecen salidos de un cuadro del paraíso terrenal. 

Cuenta también con una Cartagena de Indias que increíblemente nos transporta a la época colonial más pura y en carruaje. A una Cali de ambiente trabajador pero relajado y la Bella Medellín en el corazón de Antioquia con la gente más hospitalaria que uno se pueda encontrar en los caminos del señor.  

Además de la solitaria belleza de los llamados Llanos Orientales, el Triangulo Cafetalero y de otras increibles zonas con que cuenta este espectacular país. 

Ruby era una mujer de infarto. Joven, sin ser una chiquilla, alta, rubia, de vestir elegante y moderno, con una sonrisa cautivadora, que acompañaba a su bello rostro helénico,   su porte y estampa eran dignos de representar a su país en los concursos internacionales de belleza.  

Pero su rasgo más notable era su sencillez heredada de su raza antioqueña de tratar a la gente, que inmediatamente la aceptaba y se sentía a gusto con ella. Era una digna embajadora de las encantadoras damas del Valle de Aburra, que es donde esta situada Medellín. 

Uno, después que la conocía, entendía que el amor maduro que había nacido en Julio era justificado, por que al verlos como dos chiquillos enamorados y tratándose tan cariñosamente uno al otro, de corazón aceptaba los hechos tal como eran, los entendía y llegaba a quererlos y respetarlos como  buenos amigos, que realmente lo fueron. 

Cuando pienso en Julio, me lo imagino con su sonrisa picara y elegantemente vestido con sus alas plateadas,  gerenciando alguna División a su cargo, allá arriba. 

También de corazón deseo que le dé lo mejor de la vida a Ruby y a su bella Colombia. Solo el tiempo lo dirá..... 

Esta es la Historia de Amor de Julio y Ruby, el mejor  jefe que tuve.

 

Luis y Gabriela

¡Su atención por Favor! La Compañía Panameña de Aviación anuncia la continuación de su vuelo  318 con Destino a la Ciudad de Guatemala, favor abordar por la salida numero dos. Muchas  gracias por volar en Copa.  

Era la altisonante voz que se escuchaba en el antiguo, pequeño  y  bien resguardado aeropuerto de Ilopango en San Salvador.   

Es un vuelo que surca diariamente los cielos de Centroamérica  todos los días desde Panamá, con parada en todos los aeropuertos del área, para arribar finalmente a tierras chapinas.

Innumerables veces, Luis escuchó estas mismas palabras, durante los años que viajó por razones de su trabajo: era especialista en cerrajería de bóvedas de bancos. Algo irónico para un pintor y poeta de la vida.

 

Con su equilibrado y lento caminar se dirigió a la puerta indicada y esperó  el abordaje junto a un número escaso de nerviosos pasajeros, a quienes  observó de reojo y asegurándose que aun llevaba su inseparable maletín de mano consigo.        

No estaba de buen humor y mucho menos con ganas de conversar con nadie, ya que los eventos de los días anteriores lo habían preocupado. 

Era un sofocante Agosto del 79, fecha  que marcaría el inicio de un gran  incendio en esta pequeña parte del mundo y que la envolvería con toda la explosiva fuerza de los más débiles  en contra de los poderosos, el antiquísimo duelo del oprimido y el opresor: habían empezado la única revolución en toda su historia, ya que las anteriores solo fueron escaramuzas de generales y coroneles de turno que buscaban el poder y las arcas, ya que la independencia fue casi pacifica y hasta reluctante de la corona española el siglo anterior y los mexicanos que estaban con las manos llenas con la bronca que tenían con sus vecinos del norte, estuvieron casi anuentes de verlos partir por su cuenta. La única excepción era Costa Rica, que ya había hecho la suya en el 48.  

Siempre me pregunté si  Don José Figueres, forjador de la III Republica, se adelantó a la historia ó  fueron los demás países  los que se atrasaron a la cita. Al mismo tiempo me intriga saber porque siempre conviven hombres despiertos con  sueños y  otros durmiendo soñando que son hombres.  

El día anterior a la  salida de Luis de El Salvador, el grupo comunista FMLN había secuestrado al Ministro de Turismo,  lo ejecutaron y arrojaron  el cadáver al margen de la vía a Santa Tecla, tirando el guante a la cara de la oligarquía   y declarándole la guerra. Si a esto unimos la caída  el mes anterior del General Somoza en Nicaragua y  que el nuevo Gobierno Sandinista empezaba ya sus primeros ladridos contra la democracia, por la  que decían luchaban solo un mes atrás. En Honduras los cuarteles estaban inquietos y se preparaba otro golpe de estado. En Guatemala ya había comenzado la tristemente conocida Guerra Sucia del ejercito contra los indígenas y en Panamá Torrijos colocaba al siniestro Noriega en posición de partida en la carrera de su sucesión. El panorama centroamericano no era nada halagador. 

Solo faltaba el  arribo de la caballería. La incógnita era de cual lado: la de Fidel o la de Carter. Las apuestas estaban con el gavilán. Carter era paloma. Situación que se corregiría unos pocos años mas tarde con la llegada del  halcón: Ronald Reagan.                                                                                  

La Guerra Fría había llegado al istmo y como es usual, los muertos los pondría la casa, que yo  creo fueron  muchos, para el cheque posfechado a cincuenta años, que  demora la democracia en madurar, que les dieron después de la década de lucha y empobrecimiento que soportaron. 

Se sentó en el asiento de la ventanilla y ansiosamente, espero el decolaje del avión para poder aspirar el suave humo de su cigarrillo. Eran los buenos viejos tiempos en que permitían hacerlo en la sección de fumadores. Es un vuelo corto de apenas veinte minutos, pero suficiente para hacerlo y por partida doble. 

Con curiosidad vio a Gabriela la primera vez que apresuradamente paso en dirección a la parte posterior del avión. Con renovado interés lo  hizo en la segunda y con una gran sonrisa la tercera y que ella  picaramente devolvió.            

A parte de las tres veces que paso corriendo al servicio, Gabriela no era una mujer que podía pasar y ser ignorada.  

Con su deslumbrante y rubio ondulado cabello cayendo por debajo de sus hombros y las proporcionadas facciones de la cara, donde destacaba la blancura casi rosada de su tez, que hacía un marco perfecto para sus ojos color miel. De alta figura y de curvas admirables que resaltaban sus ceñidos pantalones jeans y que hacían juego con la elegante blusa que marcaba su bien formado torso.  

Pero a Luis no le impacto nada de esto. No quería mas problemas de los que ya tenía en casa: tres hijas, una esposa y un divorcio ad portas que aceleradamente se concretaba.  

Se casó muy joven y muy enamorado, pero quería recorrer el mundo y ansiaba su libertad, por la que ya había tomado la decisión de recuperarla sin tener en cuenta el costo. Por lo que si bien le gustaron los pantalones de Gabriela, no pensaba ir a preguntarle que talla eran. 

¿Porque se rompe él lazo que une a un hombre y una mujer, si fue el mismo que antes los enloqueció? Buena pregunta. Creo que cada uno tiene su respuesta. 

Luis era un alma libre como los vientos del norte que bajan a buscar aire caliente para poder seguir elevándose a las alturas deseadas. Amaba la vida intensamente a sus cuarenta años recién cumplidos y físicamente estaba en buena forma. No se resignaba a dejar la pasión de pintar y escribir poemas que tenía y en la que volcaba sus sueños y pesadillas, por que había finalmente comprendido que el blanco lienzo no acepta las formas y palabras de un hombre que no sea libre en cuerpo y mente, pero esclavo de sus sentimientos a la vez: no hay creación sin llanto y para hacerlo hay que su morir por dentro. Y cada vez un poco más. 

Y vaya que si pintaba: paisajes nocturnos en verdes y oscuros matices en su mayoría, pero con las infaltables dos lunas juntas como fondo del cuadro y sus poemas siempre reflejaban un sentir feliz por el encuentro y a al mismo tiempo tristeza por las despedidas y la lejanía. 

¿ En lo más profundo de su mente reconocía que era imposible vivir solo? 

Daba la casualidad que  esa noche llegaba a la ciudad en la que había estado menos tiempo durante sus viajes, arribaba entrada la noche y salía en la tarde del siguiente día, ya que su único cliente, el Banco de Guatemala, casi nunca le daba problemas serios y todas las visitas eran de rutina. En lo profesional era un tipo dedicado y trabajador incansable para mantener contentos y satisfechos a sus usuarios en esta peculiar, pero bien remunerada actividad a la que desde temprana edad se vio imbuido por razones familiares. Su buen sentido de humor y su disponibilidad para la buena comida y buenos vinos hizo que cultivara amistades en todos los lugares que viajaba y se hizo acreedor de un respeto genuino por su persona. 

Llenó rápidamente el formulario de migración y se dirigió a la línea de la derecha para pasar por las ventanillas.

¿ Pero porque el destino siempre se esmera en  juntar a los amantes?  

Delante de él, en la misma hilera, estaban los pantalones y el suelto cabello que desfilaron por el pasillo durante  el vuelo. Seguidamente busco un  tema de conversación y en desesperado esfuerzo atinó a decir, al ver la cámara fotográfica de Gabriela colgando en el hombro de ella: 

-¿Es fácil encontrar ese tipo película en Guatemala? 

Ella volvió el rostro hacia atrás, su cabello floto nuevamente. Y le dijo: 

Por supuesto, en mi país hay de todo. ¿Y en el suyo? 

Y allí estaban, en conjunción, dos lejanas estrellas de distintos firmamentos en el sitio y la hora exacta que el destino quería. 

 Era el primer encuentro entre Gabriela Gonzáles y Luis Caseau. Una colisión de dos almas libres, cosa que ocurre raras veces, pero que cuando sucede el cielo se sonríe y la luna coquetamente le guiñe a la noche. No necesitaban amor, ya lo tenían, sus existencias estaban comprometidos y sin embargo desde el primer encuentro supieron que sus vidas caminarían ligadas a lo largo de los años en una sinfonía de amor,  casi paralela a la conflagración centroamericana.

Gabriela pertenecía a la alta sociedad guatemalteca, hija única de una familia muy conocida en el mundo empresarial y social. Lo tenía todo, desde su maravillosa figura hasta la carrera de arquitectura que estaba por terminar. Dirigía el negocio familiar tras la muerte de su padre hacía menos de un año y con la inteligencia que estaba dotada lo estaba haciendo con todo éxito.   

Además estaba en el comienzo de un romance que la llevaría al altar, con el hijo de una familia de empresarios de la industria farmacéutica, todo esto a los 22 años. 

Nunca se hicieron una presentación formal, ni mucho menos estrecharon manos, solo se encontraron, estableciendo un dialogo inmediato como si se conocieran y no necesitaran mas: 

-¿ Cómo te llamas?

-Gabriela y vos.

-Luis. 

Ella  hizo la replica: 

-¿Has estado en Guatemala antes?

-Si, pero en realidad no conozco bien la ciudad, ¿Almorzamos mañana? 

Preguntó directamente, clavando la mirada en los ojos de una imperturbable Gabriela. Ella no dudó un segundo.

Pasó a recogerlo al Hotel Camino Real, sobre La Reforma y lo llevó a almorzar al mejor restaurante de la ciudad que tanto amaba y del país que siempre defendía a capa y espada.  

Y estaba en lo cierto, ya que Guatemala es un país de ensueño, un altiplano de belleza increíble, un caribe retirado, de playas blancas y mar azul, sobre todo virgen de la explotación turística. Comercialmente muy activo basado en una industria local y agricultura de exportación muy desarrolladas debido a la agresividad de sus empresarios y su cercanía con dos grandes naciones en el norte y cuya capital es considerada  la más bella del istmo.  

Un país que tiene de todo, pero con una injusta distribución, no solo de la riqueza, sino de las oportunidades, del presente y del futuro, de una clase olvidada en el desprecio y la discriminación solo por ser descendientes de una poderosa civilización cuyo único pecado fue que se esfumo en el tiempo: los Mayas. 

Almorzaron juntos y se contaron sus vidas como dos buenos amigos que no se veían en años. No se guardaron nada, amores, miedos, inquietudes, anhelos, con risas espontáneas y libres de precauciones innecesarias ya que ninguno de los dos buscaba nada. Ella estaba radiantemente hermosa y además usaba toda sus alhajas que resaltaban aun más el brillo natural que por si sola  irradiaba. Si existen en la vida momentos que uno desearía detener en el tiempo, este era uno de ellos, pensó Gabriela. 

Frente a la exquisita feminidad que ella emanaba y acompañada del constante revoloteo de sus delicadas manos que expresaban una elegante sensualidad, Luis se fue sintiendo gradualmente atrapado e intrigado  al mismo tiempo. 

Al final de la tarde, lo fue a dejar al aeropuerto y caminaron por los pasillos casi rozando sus cuerpos,  con esa maravillosa forma de caminar de Gabriela, quien de pronto se detuvo y sin preámbulos, pero mansamente susurró: nunca me olvides y espontáneamente rozo sus labios en los de Luis, dio media vuelta y se alejó llevándose, no solo un beso, sino el alma de un hombre. 

Flotando en las nubes, que se convertirían mas tarde en huracán, solo atino a buscar una florería en el aeropuerto y le envío una hermosa orquídea blanca con la esperanza que fueran sus favoritas, como devolución de aquel furtivo beso que aun le quemaba y que con el tiempo devoraría lo que quedaba de un alma que ya no le pertenecía, al menos por un tiempo. 

Tres días después se hallaba en su oficina de la calle Pitier, que desemboca en el Zoológico Bolívar en la antigua área de San José,  dedicándose a contestar las llamadas de sus clientes y se preparaba para reunirse con su abogado, porque al regresar se encontró con la notificación del Juzgado, donde le solicitaban oficialmente el divorcio y mientras se encontraba lleno de sentimientos mixtos, sonó el teléfono: 

-Gracias por la orquídea, me alegro que adivinaras mi flor favorita.

-Dame él numero de tu fax que quiero enviarte algo. ¿Cómo estas   vestida? 

Y el dialogo se prolongó durante una hora, que  finalmente cerraron los chasquidos de simultáneos besos volados y dos espontáneos: Te quiero.   

Un fax luego salió con un garrapateado corazón dibujado a mano y un  poema de amor, nacido de la  creativa mente de Luis: 

Anoche el viento me habló de ti
me trajo tu risa y mitigó mi llanto
también sentí tu encanto
Y el aliento que dejaste en mi. 
Sentí el calor de tus manos
Y el rozar de tus cabellos
pero el viento que a mí te trajo
luego te alejó de mí. 

Su primera noche de amor fue en la alocada ciudad de New Orleáns, rodeados por el French Quarter y su mezclada bohemia sureña. No hubo fingidos té quieros, ni falsas promesas, solo amor, que broto espontáneamente como aguas de dos ríos turbulentos, bajo un refulgente cielo y al acorde del rítmico murmullo del Mississipi al confundirse con el mar, en un abrazo eterno.  

Un año duraron esas escapadas, ella en su mano portaba  su anillo de compromiso y él ya era libre nuevamente. El torbellino de sus vidas tenía rumbos diferentes, claramente delineados y con fechas marcadas para separarlos no les importó ni detuvo su amor, aun sabiéndolo. El final llegó cuando Luis recibió por correo el anuncio oficial del matrimonio de Gabriela en un hermoso sobre blanco, con su nombre escrito por la mano de Gabriela. Lo acepto estoicamente y  escribió un ultimo poema de amor, que sonaba mas a promesa que despedida y que conservó para siempre en el rincón mas dolido de su corazón: 

Recuérdame un poquito
me pediste al partir
como pidiéndole la vida
no dejes que este amor se muera
que no fue flor de un día.
Cariño mío, cuando estés lejos
recuérdame un poquito.
Así el tiempo pasa
y  hoy de pronto sentí
como si algo te debiera
una promesa olvidada
en mil recuerdos tuyos atrapada.
Cariño mío, aquí me tienes
recordándote un poquito.....

Tres largos años pasaron en las vidas de estos amantes, más de mil vueltas  que el mundo giró sin verse, sin hablarse, ni saber el uno del otro, cuando Luis recibió la llamada: 

-Búscame, estoy desesperada. He pedido el divorcio. 

En Antigua, la primera capital que tuvo Guatemala, hay una pequeña colina con una vieja cruz levantada hace ya mucho tiempo en su extremo mas elevado, allí,  sobre las ramas de un viejo árbol cortado, se sentaron una mañana y Luis consoló a Gabriela en este difícil trance del divorcio, que no es otra cosa que el funeral del amor, unas veces con el amargo  llanto por su inesperada partida y otras con el  sosegado alivio que conlleva al final de su muerte.  

Pero algo si aprendió Gabriela: que no era una mujer para tener dueño, aun con jaula de oro, curo sus heridas y con la ayuda de Luis  siguió con su vida y volvió a sonreír del modo que solo ella podía hacerlo y reflejarlo en sus maravillosos ojos color de miel. Luis, mientras tanto en el interino,  había tenido otra hija, fruto de un nuevo y apasionado amor, con su recuperada alma que le había sido devuelta una triste tarde de Abril  que le anuncio la partida de Gabriela. 

Y continuaron amándose, como el sol ama a la tierra a quien sin embargo  deja cada atardecer para cumplir con su destino, para luego regresar con el incandescente fuego de la mañana a reiterarle su incambiable amor. 

Fueron tres maravillosos años de furtivos encuentros y secretas llamadas, ya que la familia de Gabriela nunca aceptó le aceptó este romance. Los llevó  a nuevos mares,  nevadas montañas y románticos lugares, donde trataron de conocerse y aprender a vivir juntos sus libres existencias y donde  la ternura de Gabriela transformó gradualmente el callado temperamento de Luis en algo muy parecido a la dicha. Pero él nunca quiso echar anclas en otro puerto, ya conocía ese infierno. 

Pero por razones inexploradas, Gabriela quizás intuyendo que  ya era tiempo de tener algo verdaderamente propio ó tal vez tratando de escapar de la  inexorable soledad del diario presente y del mañana, se alejó de la vida de Luis calladamente, sin excusas ni explicaciones y decidió tener hijos con otro hombre: dos maravillosos muchachitos dorados como ella y que por casualidades del destino el menor nació un cumpleaños de Luis. 

 ¿Casualidad ó quiso dejar huellas imborrables en su vida del hombre que más amó?   

Su carácter era reposado que  hacía juego a sus  finos modales, pero  su mente era difícil de leer para los simples mortales que no poseían su nivel de inteligencia. Muy franca en su hablar y a la vez muy respetuosa de las otras personas. Luis nunca pudo descifrarla por dentro, pero siempre pensó que su belleza interior era más intensa y deslumbrante que la exterior, pero nunca se atrevió a profundizar. Era una mujer que cuando amaba lo hacía intensamente y su entrega no estaba sujeta a  condiciones.   

Luis la entendió en medio de su dolor y no quiso hacer nada  que pudiera manchar lo bello del amor que se habían profesado, tan solo se alejó como se aleja la luz de un espejo, sin dejar huella y en silencio. 

Tiempo atrás, sin miedos, habían acordado que su amor estaba por encima de cualquier cosa que pasara en las vidas de ambos. Gabriela nunca le exigió nada en los años que llevaban juntos, tanto así que el único reproche que le hizo alguna vez, fue que no tenían una canción que los uniera cuando  estaban lejos y él le respondió que  ellos eran como las olas y las orillas del mar, que de pronto  llegaban, se besaban y se  luego se alejaban, pero  que siempre permanecían juntos. Extraña predicción que hizo Luis. ¿ Presentía ya que la volvería a perder? 

Entonces su fuerte, pero romántico temperamento se volcó al lienzo con todo el sentir que albergaba su adolorida alma y en sus cuadros expresaba su reprimida agonía en figuras abstractas con fúnebres colores y formas, de paisajes con cielos oscuros, pero con dos  lunas de color rojo esta vez, como único signo de calor y esperanza que quizás aun albergaba su corazón. Eran  vistas que solo existían en lo mas profundo de su soledad y tristeza. Sus noches eran inquietas y eternas, enemigas acérrimas del sueño que finalmente lo vencía solo para ver a Gabriela esperándolo con un suave beso de bienvenida y un te quiero a media voz. Una noche le escribió un poema, que luego lentamente dejo escapar de sus dedos por el balcón y que de un impulso lo hizo  lentamente volar, como deseando que llegara hasta ella: 

Tengo en mi espalda el roce de tu mano
cual surco marcado por tus dedos
cuando al caminar juntos me abrazabas
y  con furtivo beso acompañabas.
Tengo tus cabellos en mi rostro
cuando tu cuerpo me amaba
Y tu voz en mis noches aun me llama
Lo tengo todo,  todo menos tú. 

Pasó el tiempo y con él llegó el sosiego mas no el olvido, hasta que  un ermitaño día, Luis volvió a escuchar la calmada  voz de Gabriela en el otro lado del auricular, que invariablemente empezaba con el cariñoso sobrenombre que ella le puso, dicho en forma susurrante, pero llena de  amor y que además tenían la particularidad de que lo hacía de un modo que parecía que fuera la continuación de la conversación   sostenida en la mañana del mismo día, pero  jamás reprochando, ni exigiendo, de la misma forma que tampoco  era ofreciendo disculpas ni mucho menos explicaciones de su lado.  

Era  como si solo  tomara la parte que era de ella, de lo que la vida le ofrecía y nada más.  

Su corazón palpitó con fuerza al escuchar nuevamente el llamado inolvidable  de un amor que estaba destinado a no morir en el tiempo ni en la distancia. Se sacudió las penas acumuladas, como el sol de la noche, se miro al espejo y dijo: gracias vida, colgó los pinceles y cerro el balcón.  

Acompañados de las estrellas de un paradisíaco lugar llamado  La Isla de Virgen en el Golfo de Fonseca,  cuyo mar une a los tres países del norte de Centroamérica, se volvieron a abrazar  las almas y  los cuerpos de estos sorprendentes amantes por tercera vez, sin ataduras ni promesas, solo con amor y del más sincero, que dos almas verdaderamente libres podían entregar y recibir.  

¿Es puro el amor sin compromisos? 

Mas no duraron mucho tiempo, ya que Luis tiempo atrás, había decidido iniciar otra vida en Sudamérica y fue él esta vez, el que se alejó de este incomparable amor, que tuvo un inicio, pero cuyo final aun no  quiere escribir el tiempo.

 

Estoy convencido, de  que en algún lugar de Caracas, mientras Luis escucha a Vivaldi y  pinta un nuevo paisaje, aquietando su atribulada alma, espera la llamada que algún día le hará Gabriela, desde  su amada Guatemala,  eternamente convencida de que ella  es una de las dos  lunas, que pinta Luis en sus cuadros. La otra luna no le preocupa..... 

Esta es la Historia de Amor de Luis y Gabriela, mis mejores amigos.

 

EPILOGO 

En el  fascinante proceso, simplificado por el computador, de escribir estas historias, gradualmente fui descubriendo que en realidad, hacerlo equivale a exorcizarse a sí mismo de los fantasmas y demonios que todos guardamos en el baúl de los recuerdos de nuestra vida y  que al  sacarlos junto con otras vivencias como risas y alegrías, también lo hacemos con el dolor,  todos guardados durante tanto tiempo en nuestro interior y  que en el zarandeo van saliendo a flote, unos lentamente, pero otros en forma mas violenta y que son los que mas duelen.  

También confirmé que la capacidad de inventiva con sucesos extraños y propios en la creación de las historias en un enlazamiento armónico y cronológico, para que tengan sentido,  es infinita en nuestras mentes.  

Al concluir, uno no se queda vacío, mas bien se siente lleno de agradecimiento por haber tenido la oportunidad de  haber sido espectador en ellas y  que  sirvieron de basé al dar rienda suelta a la imaginación.  

Pero sí les participo, que algunos fantasmas se van y otros demonios permanecerán para siempre en uno, imagino que a esto se le  llama la agonía y el éxtasis del escriba.  

Si me preguntaran ustedes que es el amor, contestaría que el cínico diría que es el fondo musical que le ponemos a la vida para darle un toque romántico a la preservación de la especie; el individualista probablemente sugeriría que es una pesada cadena en la vida de todos los humanos. El espiritual, en cambio afirmaría rotundamente que es un regalo divino. El golpeado por la vida y desengañado de las damas diría algo impublicable. El intelectual se tomaría su tiempo y nos presentaría un tratado completo en dos volúmenes explicativos. Las mujeres expresarían una noción realista con toda su contundente lógica, pero  a la vez sentimental y no carente de una furtiva lagrima.  

En resumen, para este modesto aprendiz de  contador de historias, el amor es una mezcla de interpretaciones que cada persona le da, de acuerdo a la resultante de las experiencias vividas con las personas que amó y que definitivamente es el disparador de cambio más importante en la vida de todo ser humano.....pero tampoco es el único.   

Quedo convencido que el amor es como el aire:  al nacer es lo primero que queremos, no lo apreciamos cuando lo tenemos, si nos falta daríamos cualquier cosa por tenerlo y al final cuando queda cerrado nuestro libro de la vida ya no lo sentimos.  

Por alguna razón insospechada, la letra de aquel alegre  tondero del norte peruano, quizás nos señala la realidad del amor, diciendo: 

Yo me enamoré del aire

del aire de esa mujer

y como mi amor fue del aire

en el aire me quede.....

 

Muchas gracias  

Hugo W. Solari.


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