Un cuento para cada día    Alhaurín de la Torre, 27 de enero de 2003

Virgen y prostituta

Jorge Majfud. Tacuarembó. Uruguay. jmajfud@distrinet.com.uy

A las cinco menos diez estaba esperándola en la esquina de Emilio Reus. Era un callejón apretado por fachadas todas iguales. Aquella monotonía filantrópica me recordaba a cierto barrio obrero inglés. A las cinco, las sombras comenzaban a cruzar de una fachada a la de enfrente, ensimismando el barrio pobre.

Victoria llegó casi una hora después, quejándose del tránsito a modo de excusa. Nunca entendí a los uruguayos; le exigen a sus relojes precisión de segundos, pero llegan una hora tarde a cualquier cita.

Mientras caminábamos, me explicaba los detalles históricos del barrio. Noté cierta extroversión en sus expresiones; significaba que en los últimos días había estado rodeada de gente, pero también que eso no era lo más común en su vida. La escuchaba como si me importara la historia del pobre gallego constructor del barrio, fundido no sé cuantas veces por bueno. Los trastos colgaban de los balcones, las radios vomitaban mongolismos musicales (Si soy libre de expresar mis gustos musicales, podré decir que odio la cumbia. No soporto ese género o sub-género musical en donde la gastronomía y el sexo se conjugan para agotarse en un repertorio lamentable de diminutivos. En el botiquín de primeros auxilios tenía uno de esos discos. Lo usaba como vomitivo). A ella no le disgustaba la música.

Nos detuvimos frente a una puerta repintada de verde. Golpeó y se quedó mirando el piso. La observé con cuidado. Uno puede imaginar los efectos que causan en la psicología de un hombre defectuoso sus propios defectos. En cambio, no es tan frecuente pensar en los efectos que pueden causar la belleza física (los feos le atribuyen un efecto desfavorable en la inteligencia). Victoria era uno de esos casos. Desde niña debió sentir esa carga que podía ponerle el mundo a sus pies. Algunos años más tarde, quizá, fue consciente de ello. Y sabía cómo potenciar su belleza: su forma simple de vestir, su simpatía y cierto aire aristocrático conservado con discreción. Pero también era víctima de su propia fuerza. No caminaba sola de noche, tomaba prudente (y exagerada) distancia de cualquier hombre. Se sentía observada, deseada (todos la miraban cuando podían). ¿Cuántas tensiones se acumularon en aquella niña, rodeada de un mundo abierto a sus antojos y cerrado por una educación rigurosa que pretendía protegerla de su propia belleza? ¿Cuántos miedos y deseos habrán pasado por su cabeza, por su cuerpo intocable? Volví a fijarme en el lunarcito que tenía en el cuello. Parecía un puntito perforando la piel, blanca y delicada, para ir en la búsqueda de una fuerza violenta que lo reclamaba desde adentro. Llevaba el signo de su alma grabada en la piel. Una naturaleza incompatible en sí misma: cuerpo sutil, casi transparente, frágil rosa que reposa entre las garras de un tigre, dentro suyo latía una poderosa fuerza animal. Fuerza que no se expresaba a través de ningún gesto, en ninguna reacción furiosa. Se la adivinaba en sutilísimos detalles. Bastaba con mirar sus labios siempre desnudos, sin pintar, tiernos y con una vaga sonrisa, y luego mirar más allá: una puerta verde carcomida, un revoque caído, un tipo de aspecto nervioso que abría y le sonreía.

Por esa risa nerviosa deduje que el hombre de la puerta había estado espiando antes de abrir. Victoria le explicó en qué consistía el trabajo. El tipo no entendió un carajo, pero en todo momento había respondido que sí, con la cabeza. Hasta que entramos.

Por dentro era una casa oscura y complicada, de dos plantas, pero ella se movía como si la conociera. (Había leído los planos de todo el barrio y, según ella, había dos o tres "tipologías" que se repetían). Tomamos algunas medidas, apuntamos modificaciones: una puerta abierta en una pared antigua, otra definitivamente anulada, un baño improvisado en un rincón del patio. Todavía no sé porqué me presté a todo eso. Ella hacía comentarios ingenuos, en apariencia, que en realidad pretendían ser preguntas sociológicas. El tipo respondía agregando otros detalles como si lo estuvieran interrogando en la comisaría de Otero. "Vivo con dos botijas en el cuarto de arriba -decía- ahora ellos no están pero comparto el baño con ellos y los de abajo". Cuando encendió la luz, una lámpara de unos 45 watts, las distancias se hicieron más imprecisas que antes. Luego, cuando subimos al cuarto, costaba creer que aun era de día. Aquello más bien parecía una reunión secreta, donde palabras como "tipología", "referente histórico" y "tensores" eran las claves. El hombre debió reconocerlas, porque sin que se lo pidiésemos, nos hizo pasar a zonas más íntimas de su habitación. Corrió una cortina y dejó al descubierto una cama hundida y desarreglada. En aquel momento pensé que el gusto de Victoria por cosas así, debía ser como el gusto profesional de un estudiante de medicina por un metro de intestino. Recuerdo una silla rota al lado de la cama, una cocinilla, unas ollas negras, y un rayo de sol pobrísimo pero laxante, sobre una pared con retratos de niños. Eran unos niños gordos, en blanco y negro; tal vez uno solo, repetido cuatro veces en momentos diferentes. Típico: dispuestos como en un museo, con el orgullo triunfal de alguna abuela. Porque son éstas las únicas que se mueren con la esperanza de un futuro brillante para su descendencia. En parte es comprensible; el útero de una mujer es el tronco, en negativo, de insospechados árboles genealógicos; donde confluyen, como la sabia, pueblos enteros. Me preguntaba si el gordito multiplicado de la foto, no era el mismo flaco que acababa de abrir las persianas del balcón. En ese momento hablaba con Victoria. ¿Qué le decía? Lo vi sonreír nervioso. Le gritaba algo a su vecino de enfrente, algo sobre el volumen de la música. Mientras hablaba, sostenía a Victoria de un brazo, luego de un hombro. (Está bien; hay que colaborar con los pobres). Con el tiempo el tipo abandonó sus nervios y tomó esa actitud sobradora, propia de los rioplatenses.

—¿Así que esta casa es de 1888? —dijo, sin despegarse de ella. Yo no existía-. Mirá bó. Vivo en un monumento. ¿Queré ver la planta alta? Es por ahí, es.

Se refería a la azotea. Subieron los dos. (Me preguntaba cómo era capaz de soportar semejante escena). Lejos de preocuparlo, los gestos frescos de Victoria lo alentaban aun más. Subió a la azotea por una escalera estrecha de madera, pero no pudo abrir la puerta porque tenía un candado. Le alcanzó la llave tocándole la mano, y luego, cuando ella no pudo abrir el candado, subió hasta colocarse detrás suyo, fingiendo ayudarla mientras la abrazaba. ¿Pensaría que yo era un tarado, o un marica? ¿Qué debía hacer? ¿Acaso desarrollar un discurso que explicase porqué soportaba con tranquilidad algo semejante? (Me dan gracia esos personajes de novela psicológica que se ponen a disertar sobre los problemas de la vida cuando se encuentran en una situación insólita, donde la alternativa conocida es actuar o no hacer nada. Pero nunca distraerse con discursos). Decidí terminar con la escena cuando la noté nerviosa. Tomé al infeliz de un brazo y lo desparramé por el suelo. Antes que ensayara cualquier defensa lo rematé con un derechazo en la boca.

—Oh, Venus —recité con rabia—, hembra cósmica, Virgen y Prostituta.


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