Un cuento para cada día Alhaurín de la Torre, 30 de enero de 2003
Huracán de pasiones
Elizabeth leal edupe1@hotmail.com www.redcomser.com.ar/edupe
Extraño comportamiento, mas no se puede decir que falto de inteligencia.
Nadie supo por qué, pero esto era así. Y aunque hemos tratado, me incluyo en ello, no solo que no se acercaba sino que atacaba a cualquiera (si por azar) lo miraba con intensidad (ya sea por casualidad o por curiosidad). Los niños que solían jugar en la vereda, por las tardes, le temían.
Aquella extraña criatura, yacía ahora inmóvil, sobre el ala izquierda de la casa de Catalina, junto al jardín de invierno que había sido construido muy recientemente. Las azaleas crecían a lo largo de la vereda angosta en el interior de este. Sobre la mesa había un plato vacío, una mecedora de caña color ámbar un poco gastada y desteñida por el uso y por el tiempo. Unos pichoncitos revoloteaban juguetones en el pequeño nido cerca del ventanal del invernadero. Sin darse cuenta Caty contemplaba todo esto, y por un instante, solo por un pequeño e insignificante minuto, sintió un dolor punzante y agudo junto a su corazón, que latía débilmente desde hacia ya mas de dos años, después del suceso aquel que le había sig- nificado su austera soledad.
La gente del barrio, los comerciantes, el chofer de Don Cosme y hasta el sereno, comentaban con sorna el increíble desmoronamiento que había sufrido esta mujer; después de la partida inesperada de Esteban.
Es Sr. Esteban, como todos le decían, había sido el primer habitante de aquella casa lúgubre. Estilo arquitectónico de influencia árabe, las habitaciones recibían la luz solamente por la puerta, mientras que la fachada carecía de ventanas al exterior.
Esteban, hombre tosco, de modales absurdos, rústico en su vestir, carente de sentimiento agradables, solía leer el matutino en su casa con la puerta principal abierta en una sola hoja. Un metro ochenta, ojos zarcos y cabello desgreñado color negro, apenas tenía veintidós años y se había ganado la fama que tenía.
Por aquel entonces, solía jugar la dulce Catalina, con su vestido café, en la vereda de enfrente. Catalina tenía catorce años y era tan bella como una flor en una colina, la frescura de su rostro iluminaba y acariciaba con encanto al que lo miraba. Solía ser muy inquieta y sus preguntas turbaban a todos. Era muy inescrupulosa con sus sentimientos, como todos los jóvenes. A veces se oían sus carcajadas desde adentro de la casa y algunos predecían su lúgubre futuro...
¿Cómo se conocieron dos personas tan desproporcionadamente diferentes? Pues creo que fue su destino.
Los cabellos dorados de la dulce Caty caían sobre sus hombros, indiferentes a la brisa de abril. Sus pardos ojos entre- abiertos, descansaban sobre la frondosa copa del Jacaranda, que derramaba sus florecillas en las baldosas blancas y negras de la plazoleta. Fue en ese instante cuando se levantó un horrible vendaval. Mientras Esteban cruzaba al paso las veredas de la plaza se desparramaba su periodico por todos lados, el papel se desvanecía entre sus dedos y volaba a gran velocidad; lo cual estaba viendo Catalina y a los gritos y vociferaciones se reía de él. Enfurecido por lo absurdo del suceso, Esteban le propino una patada en los tobillos a Caty, que la hizo trastabillar, casi en el suelo Caty reía más fuerte aún sin temerle, aunque le dolía terriblemente y su pié se había empezado a hinchar no cesaba con aquella risa histérica que torturaba a Esteban, que salió corriendo por no matarla a patadas.
Al domingo siguiente, el tiempo no había mejorado casi nada, mas esto no impedía los divertidos juegos de Caty en la plaza.
Los domingos, la comunidad se reunía en la Iglesia para agradecer sus bienaventuanzas o para pedir por ellas. El padre Horacio solía dar sermones agradables y todos se entretenían durante la mañana en la Iglesia. Caty no lo soportaba, el tedio que le causaba estar sentada frente al banquillo, junto al padre Horacio, la obligaba a hacer travesuras, así que todos preferían que se quedara en la plaza jugando y retozando bajo los árboles.
Ése domingo, Caty esperaba con ansias que cruzara aquel que había torturado con sus risas la vez anterior. No estaba segura, pero algo la impulsaba a mirar alrededor todo el tiempo, esperando, y esperó... y espero... toda la mañana. Él no pasó ese día. Al regresar Caty, que vivía con su tía Agnes (soltera por elección, amargada y obesa, su adicción a los dulces era fantástica, podía devorar cuanto quisiera con solo intentarlo). No pudo evitarlo, Caty pregunto por aquel extraño personaje que vivía en la casa ésa, que en su frente yacía una rara inscripción (que traducida al castellano sería HARUN al- RASCHID, lo cual no significa mas que la orden de un califato Abasí en Bagadad 786-809). Agnes preocupada, alterada por aquella inquisición perfiló su respuesta en pos de la insignificancia de aquel ser. Caty indignada ante aquella respues-ta, se propuso averiguar por qué NADIE jamás, le había hablado de él.
Al día siguiente Caty se levanto muy temprano, Agnes no se había despertado aun, cuando Caty salió de la casa.
Se sentó en la vereda y solo espero unos minutos cuando lo vió entrar en la casa, lo miró desplegar su diario y leerlo; cuando se disponía a dejarlo sobre la repisa, Caty presurosa cruzó la calle inhabitada por aquellas horas. Entró en la residencia de Esteban sin preguntar siquiera, e inquiriéndole con seguridad y vehemencia, lo volteó en segundos. Sin saber qué hacer frente a un atropello de semejante magnitud, Esteban la asió de los pelos, la arrastró y empujó a la calle con brutalidad; un golpe seco en la puerta se escuchó con estruendo. Caty avergonzada y furiosa se volvió a su cama, llorando hasta fallecer lo maldijo, las palabras le fluían de la boca como nunca se había imaginado decirlas nunca.No volvió a salir en una semana. El enojo no duró tanto como ella hubiera querido, sin darse cuenta estaba otra vez sentada en la vereda esperándolo entrar. Esta vez espero que terminara su ritual de lectura, se cruzó hasta su casa pero no entró, solo se reclinó en el árbol y lo miró muy quedo, le sonrió levemente y levantó la mano en señal de saludo amistoso. Al ver tal espectáculo, Esteban se ruborizó y recordó el episodio anterior, con la brutalidad con la que la había tratado. Pero solo se limitó a bajar la vista y esconderse en sus habitaciones. Pasó un rato largo, tal vez dos horas, cuando salió; Caty ya no estaba ahí. Se lamentó por no haberle dicho siquiera una palabra. Al día siguiente, Esteban leyó su diario y cuando terminó levantó la vista esperando ver a Caty allí parada pero no fue así.
Transcurrieron los días, las semanas y no volvió a verla. Se dijo a si mismo que tal vez, solo había estado ahí para mortificarlo y se ofuscó por eso.
Llegó noviembre y el calor comenzaba a azotar las terrazas, el pavimento caliente por la resolana derretía la brea.
Al atardecer Esteban solía tomar un té helado bajo la sombra de su nogal, que ya estaba fornido por el paso de los años, mientras algunos frutos comenzaban a caer tempranamente.
La vió salir de su casa. Esbelta y formada. Con un traje verde que le sentaba maravillosamente. Parecía un ángel que había bajado solo para deslumbrarlo. Notó que se había cortado el cabello, esos que antes caían salvajemente sobre sus hombros cubriéndolos, ahora los dejaban ver, y su desnudez tan perfectamente torneada, esa piel que tomaba un bello color dorado con el sol. Y seguido la miraba en su plenitud, empezó a turbarse; veía su caminar lento, desganoso, parecía que no quería alejarse nunca y sin embargo su figura se iba desvaneciendo entre las sombras de los árboles que copaban la vereda. Entró en su casa y volvió a salir.
La siguió instintivamente y cuando por fin la alcanzó; con firmeza pero con una inusual suavidad, la tomó en sus brazos y la besó, besó sus labios, sus ojos, su cabello, sus hombros, todo.
Caty sin perturbarse nunca, como si hubiera sabido, como si hubiera estado bajo un hechizo, respondió a todos y a cada unos de sus besos. Volvieron sobre sus pasos entrando en la casa de Esteban y ya en la habitación , bajo el techo de esa oscura casa, tuvieron la mas intensa experiencia que nunca nadie pudiera imaginar.
Esto fue el comienzo de la extraña relación que entre ambos se estableció.
Vivieron momentos tan intensos como brutales. Eran tan opuestas sus formas de vida, que la sola idea de verlos juntos era ridícula.
Agnes, la tía obesa de Caty, murió repentinamente.
Caty y Esteban vivieron juntos inmediatamente.
La vida de Caty en ese lugar, era monótona. Sus tareas se reducían al limitado hecho de estar despierta o descansar. Volviéndola casi loca.
Fue cuando sus vidas eran completamente desastrosas que Esteban comenzó a salir mas a menudo, solía tener citas a altas horas de la noche, instaló un teléfono en la lúgubre casa y se lo escuchaba chillar palabras ininteligibles con el mismo, seguido a eso, enfurecido, revolvía algunos cajones y salía de la casa.-
Caty sin sospechar ni siquiera lo que allí sucedía, volvía en su somnoliento estado de depresión. Cuando Esteban volvía, solía estar muy calmado y en general se complacía nada más con verla dormir, pero a veces volvía eufórico y la despertaba amándola tan enérgicamente que Caty no podía evitarlo. Había llegado a tal punto esta situación que Caty lo esperaba despierta esas noches en la que volvía eufórico. Fingía dormir para que el se sintiera mejor y aunque solo en esos momentos volvieron a tener esa pasión que los había envuelto en un amor tortuoso y desesperado.
Casi felices y casi infelices, surgían sus vidas. Caty cumplió sus veinte años. Ese día Esteban había salido muy temprano mientras ella aun dormía. Volvió al atardecer. La encontró acurrucada frente al hogar apagado, tiritando de frío, envuelta en lágrimas y en un estado febril que la torturaba cruelmente. Esteban la tomó en sus fuerte brazos y la llevó suavemente al lecho, la cobijó, la cuidó cariñosamente. La acariciaba cuando ella despertó. Se besaron.
Se besaron tiernamente. Esa pasión brutal que ellos tenían, esa noche se transformó en el acto más auténtico de amor recíproco que existiera jamás. Esteban la acariciaba y la sensibilidad que le transmitía desde la punta de sus dedos a toda la extensión de su piel, ese hecho por sí solo provocaba el éxtasis de Caty. Era tan profundo su placer que Esteban no podía contener todo el amor que le provocaban sus gemidos y poseyéndola con una cuidadosa delicadeza lograron juntos el amor más puro, llegando al límite de la cordura.
Amanecieron juntos abrazados, entrelazados los cuerpos, unidos en cuerpo y alma.
Tres semanas. Felicidad, éxtasis, deseo, amor.
Sintieron cómo la vida les había proporcionado esos breves momentos. Y ahora era todo tan maravilloso. Había cambiado algo.
Esteban estaba distinto, sus formas antes grotescas, ahora se había dulcificado, estaba más sensible. Era como si recién hubiera comprendido que el hecho de estar vivo le daba el derecho de disfrutar de lo que la vida le acercaba a los ojos. Tan claros y tan llenos de amor ahora.
Era como si estuviera por perder la vida en cualquier momento y tuviera que aprovecharla al máximo.
Caty había mejorado, ya no sufría sus depresiones y estaba nuevamente alegre.
Nunca hablaron de las salidas de Esteban, ni de esas extrañas llamadas, pero Caty había comprendido por fin lo que ellas significaban.
Hacía tres semanas que ya no salía, ni recibía ningún llamado pero ambos sabían que esto solo era temporario y que finalmente acabaría y que de alguna manera ese final sería también para ambos.
Recibió una llamada corta y concisa, las explicaciones parecían haber sido dadas con anterioridad. Esa noche no se fue. No durmieron, amándose estuvieron hasta el amanecer. Por fin quedando rendida en sus brazos Caty se durmió.
Al despertar, ya no estaba. Se había ido, se marchó hacia su destino, el
cual sin haberlo hablado nunca, ambos conocían muy bien.
Catalina nunca habló de esto con nadie, encerrada en esa extraña casa vivió
hasta ahora.
Desde que la conozco, y solo la he visto porque aseo su casa unas veces a la
semana. Me ha tomado el suficiente afecto como para hablarme de
trivialidades, pero hoy ha surgido de ella la necesidad de contarme esto que
acabo de describir.
Yo creo que el hecho, y me refiero a que ella decidiera contarme lo que allí
pasó, se debe a la certeza de ella; de que Esteban ha muerto. Su cuerpo que
aún no se ha encontrado, tras dos años de búsqueda intensa; nunca apareció.
Lo que sí apareció, pues la policía estatal se encargó de ello, fue su
prontuario. Esteban era anarquista y sus encuentros o citas clandestinas no
eran mas que las reuniones que se llevaban a cabo con algún fin delictivo o
alguna manifestación.
Catalina murió esa noche. Tenía veintidós años. Su vida había sido consumida
por el amor, por la locura y por la soledad.
FIN
E.Dupè.
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